¿Shibolet o Sibolet?

Por : Alberto Arjona

Y los galaaditas tomaron los vados del Jordán a los de Efraín; y aconteció que cuando decían los fugitivos de Efraín: Quiero pasar, los de Galaad les preguntaban: ¿Eres tú efrateo? Si él respondía: No, entonces le decían: Ahora, pues, di Shibolet. Y él decía Sibolet; porque no podía pronunciarlo correctamente. Entonces le echaban mano, y le degollaban junto a los vados del Jordán. (Jue 12:5-6)

Ni vamos a tratar el texto ni la triste historia que llevó a los galaaditas a eliminar a una gran parte de los varones de la tribu de Efraín, porque no es el propósito de esta reflexión. Solo nos basta recordar la forma que los primeros, los galaaditas, tenían para identificar a los otros, los efrainitas, cuando tomaban algún prisionero. Se les hacía pronunciar una palabra, “shibolet”, de tal manera que hacerlo como lo hacían aquellos les era prácticamente imposible. Su acento los delataba y eso les llevaba a ser objeto de venganza. Quizás el lector se sorprenda al saber que en la Segunda Guerra Mundial lo hicieron también los holandeses para saber si había alemanes infiltrados en sus filas, aunque ahora tampoco venga al caso.

Centrémonos entonces en el hecho de nuestra tendencia humana a descalificar al otro, es decir calificar fuera de nuestro grupo al que no pronuncia su “shibolet” tal como lo hacemos nosotros.

A nuestro “shibolet” específico, moviéndonos ya en el terreno que nos concierne, el de la comunión cristiana, muchos lo llaman “sana doctrina”, y al que no lo pronuncia exactamente como ellos lo pronuncian, afortunadamente ya no lo degüellan pero lo excluyen, que en cierto modo también es una forma de matarlo. Separación y muerte tienen mucho en común.

Con esto no queremos decir que no exista la sana doctrina, que no esté especificada en la Sagrada Escritura o que no hayamos de cuidarla. Por eso es importante que la definamos adecuadamente, que la consideremos como lo que es en esencia, la fe que ha sido una vez dada a los santos (Jud.1:3), el credo que nos une, para no convertirla en nuestros particulares “shibolets” que nos separan. Después veremos algunas formas de manifestarse.

Vayamos a la Escritura

La expresión “sana doctrina” quizás la asociamos con demasiada frecuencia a ortodoxia doctrinal, incluyendo en dicha ortodoxia el credo inamovible de la fe cristiana más las enseñanzas propias recibidas por los que nos precedieron o nos han influido, que incluirían determinadas tendencias teológicas, prácticas eclesiales o interpretaciones escatológicas diversas. Es justo en estas últimas cosas donde se producen los peligrosos “shibolets” que tantas veces dañan nuestra comunión.

Sin pretender salir por la tangente, hemos de decir antes que nada, que la sana doctrina se refiere, como ahora veremos en el uso que el Apóstol Pablo hace de dicha expresión en las llamada epístolas pastorales, a la enseñanza saludable, la enseñanza que produce salud, la enseñanza que libera, tal como lo dice en Romanos 6:17, características propias de la doctrina que actúa como vehículo del evangelio de la gracia: Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados.

1 Timoteo 1:9-11

conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina, según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado.

Oponerse a la sana doctrina, en este contexto, tiene que ver con llevar un estilo de vida pecaminoso, opuesto a la guía de la ley, ya que “lo que es contrario a la ley del AT también es contrario a la doctrina cristiana” (Liefeld, W., 1 y 2 Timoteo, Tito, pág. 65). La sana doctrina tiene que ver con la enseñanza apostólica, produce sanidad, cura el alma, a la vez que reprueba todo lo que no está de acuerdo con la voluntad divina.

2 Timoteo 1:13-14

Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros.

La expresión “retén la forma”, traducida así en RV60, no refleja adecuadamente el sentido del texto. Aunque aquí el contexto recoge la importancia de conservar el depósito de la enseñanza apostólica, lo cual tiene que ver también con la sana doctrina o sanas palabras, el énfasis del Apóstol liga tales sanas palabras, que Timoteo oyó de su boca, con un ejemplo de vida, incluyendo el sufrimiento por Cristo si ello fuera necesario. La palabra traducida por forma en RV es hypotyposis (ὑποτύπωσις), una palabra relacionada con delineación, bosquejo, que según el diccionario Vine del NT se usa metafóricamente para denotar una pauta, un ejemplo. Otras traducciones pueden aclararnos algo más ese doble propósito de la sana doctrina, sana y sanadora a la vez: Sigue la enseñanza que te di como ejemplo, pues conduce a una vida recta; mantenla con la fe y el amor que tenemos como seguidores de Jesucristo. Esa enseñanza es un tesoro que se te ha confiado, así que guárdalo con la ayuda del Espíritu Santo que vive en nosotros. (PDT).

Tito 1:13

Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe.

Nuevamente encontramos en este contexto que ser sanos en la fe tiene que ver con el corazón del creyente en contraposición a los que hacían de la piedad un conjunto de normas y reglas que tenían que ver con lo externo.

Más adelante (2:11-15) el Apóstol enfatiza lo que Tito había de enseñar a los cretenses:

Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie.

Lo que Tito debía enseñar en esencia era esto, que Dios ha manifestado su gracia para salvación, una gracia expresada en la cruz y que nos lleva a ser regenerados, a vivir un estilo de vida diferente, manteniendo de forma activa nuestra esperanza en su segunda venida. Si ahondamos más en las epístolas pastorales encontraremos lo que la Iglesia en los primeros siglos asumió como el llamado credo o símbolo de los apóstoles. Claro que hay una sana doctrina, que es sana porque procede de Dios que se ha revelado, y por ello es también una doctrina sanadora.

El shibolet de la “sana doctrina”

Dicho esto, hemos de justificar qué relación tienen los susodichos “shibolets” con el concepto de sana doctrina que acabamos de considerar. Se trata del mal uso que se ha hecho y se continúa haciendo por los que pretenden tener la interpretación correcta especialmente en cuestiones que sirven de “santo y seña” para diferenciar a “los nuestros”, a los que consideran los verdaderos portadores de “nuestra sana doctrina”.

¿Pero de verdad puede alguien, algún grupo, alguna iglesia o denominación decir que su interpretación de la Biblia es perfecta? Tenemos todo el derecho del mundo a discordar de forma honesta y responsable en cuestiones que no afectan a la verdadera sana doctrina en la que todos permanecemos firmes por la gracia de Dios, y tenemos el derecho y el deber de permanecer juntos y unánimes. Recordemos el famoso epigrama de Meldenius: “En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; en todas las cosas, amor”.

Claro que nuestra comprensión de la verdad revelada depende de la iluminación del Espíritu Santo, pero sin duda hay más factores, unos que tienen que ver con la diversidad de personalidades, de lo cual comenta John Stott que nuestro temperamento tiene más influencia en nuestra teología de lo que generalmente imaginamos o admitimos; otros con la época que nos ha tocado vivir, e incluso por la cultura a la que pertenecemos, sin olvidarnos de nuestra disposición más o menos dada al intelecto o a las emociones.

¡Qué terrible es vernos divididos por los énfasis que podemos llevar a extremos y hacer de ellos los “shibolets” que nos distingan! Consideremos al menos dos de ellos para que eso no ocurra.

El shibolet de “mi escatología”

Pero surgen a veces olas de pensamiento teológico, recurrentes en el tiempo, y que utilizadas indebidamente se convierten en los “shibolets” de aquellos que pretenden ser los guardianes de las verdaderas “iglesias bíblicas”. Lo ilustro con una anécdota que me ocurrió personalmente hace ya bastantes años. Pregunté a un hermano si tenía alguna opinión con respecto a un seminario cercano a su residencia que presentaba un buen programa e impartía su enseñanza de forma on-line. Me contestó que eran excelentes hermanos, con una teología evangélica conservadora, gente en quienes se podía confiar pero solamente que enseñaban algo que no era correcto: enseñaban el (mal llamado) amilenialismo. Eso sí, añadió: “Pero tú has sido enseñado en la ‘sana doctrina’ (es decir en la teología dispensacionalista) y no tendrías ningún problema”.

Para unos el dispensacionalismo forma parte de la “sana doctrina”; para otros lo es la teología del pacto. “¡Cuidado con aquellos que no predican el Rapto Secreto de la Iglesia!” “¡Qué ignorantes aquellos otros que creen en un milenio literal aquí en la tierra”! ¿Y por qué no ser humildes y admitir que entre grandes hombres de Dios, estudiosos, eruditos incluso, puede haber discrepancias perfectamente legítimas y llegar a diferentes conclusiones teológicas?

Conocer el origen de estas discrepancias, o de cómo se han ido elaborando las diversas corrientes teológicas, puede ayudarnos a admitir que quizás la enseñanza recibida, o la tradición teológica heredada, han podido condicionarnos en mayor o menor medida para estar a uno u otro lado de una corriente doctrinal. Sin entrar en discusiones sobre si la teología dispensacionalista, la clásica entre las Asambleas de Hermanos, es correcta o no, podemos remitirnos a nuestros propios orígenes y comprobar que hubo hermanos de una gran talla espiritual que se pusieron tanto a un lado como a otro de aquella doctrina que en su momento fue novedosa.

Transcribo como ejemplo la discrepancia al respecto entre aquellos admirados hermanos nuestros, pioneros del movimiento de la Hermandad (Deléitate en Dios – Biografía de George Müller, pág. 82): “Newton comenzó a levantar la alarma contra lo que él consideraba ser el sistema extraño de doctrinas de los tiempos o dispensaciones de Darby con respecto a los tiempos de la segunda venida. De acuerdo a esta doctrina, la cual se conoce como el “Rapto Secreto”, la segunda venida de Cristo tendrá lugar en dos periodos: el primero será el “rapto de los santos” cuando Cristo retorne para llevarse consigo a los verdaderos cristianos de la tierra. Solamente entonces se levantará el Anticristo y aparecerá el periodo de la “tribulación”. El gobierno del Anticristo llegará a su fin por el segundo periodo de la venida – la pública “aparición” de Cristo en toda su gloria. Newton, sin embargo –y no era solo él– no estaba de acuerdo… Müller (nuestro gran Jorge Müller) no era el único que no aceptaba este punto de vista. Müller, Craik, Chapman y S. P. Tregelles estaban firmemente convencidos de que debían darse una serie de eventos antes del retorno de Cristo –aunque para ellos esta venida contiene en sí misma la gran esperanza de la Iglesia”. Así nació el dispensacionalismo clásico, que en gran parte hemos heredado, y que después dio origen al dispensacionalismo revisado, en la década de los sesenta, hasta llegar al llamado dispensacionalismo progresivo, más cercano a la teología Reformada, en la década de los ochenta. ¿Podemos ser entonces tan imprudentes que hagamos de esta doctrina nuestro “shibolet” que excluya a los que no tengan la misma convicción?

El shibolet de “mi visión de la gracia”

Otro de los “shibolets” a considerar, muy peligroso por cierto, tiene que ver con la actitud que muchos creyentes muestran, sin admitir más interpretaciones que la suya, de las llamadas Doctrinas de la Gracia. Todo creyente nacido de nuevo es consciente de haber sido alcanzado por la gracia de Dios, mantiene un corazón agradecido porque sabe que nada merecía excepto la ira de Dios sobre él, sabe que es justificado por medio de la fe y descansa en la obra de Cristo, experimenta la obra del Espíritu Santo guiándolo en el camino de santificación y produciendo en su vida el querer y el hacer por la buena voluntad de Dios, sabe que Dios lo preserva para que él persevere… ¿No es eso experimentar la gracia de Dios?

Intentando encajar el puzle

Una de las características que tenemos los seres humanos es nuestra tendencia a sistematizar nuestras convicciones y creencias; queremos que lo que almacenamos en nuestro cerebro esté bien ordenado y que las ideas encajen de manera coherente unas con otras. Nos horroriza no tener nuestros esquemas mentales bien estructurados formando un andamiaje con nuestros conceptos donde todo se interrelacione. Por eso surgen los sistemas de pensamiento tanto en la ciencia como en la filosofía e incluso en las religiones.

Y la Teología no es una excepción. Queremos, necesitamos ordenar la revelación que Dios nos ha entregado para entenderla mejor; así surge la Teología Sistemática. Ventajas: poder formular una coherente, ordenada y racional presentación de la fe y creencias cristianas. Inconvenientes: que siempre estará sujeta a un determinado pensamiento teológico y, otra muy importante, la dificultad de meter el pensamiento de Dios en un marco conceptual humano. Ilustra muy bien esto último John Stott (Cristianismo equilibrado, pag.3) citando a Charles Simeon, profesor del King’s College, quien considerando la relación entre soberanía divina y responsabilidad humana, concluye: “la verdad no está en medio ni en ninguno de los dos extremos sino en los dos extremos… no es hacia un extremo adonde debemos ir sino hacia ambos”. ¿Puede racionalizarlo nuestra mente? La cita añade que “es desconcertante para la mente inglesa”, ¡y para la española también!

Herederos de dos tendencias

Es importante escarbar en el origen de las sistematizaciones teológicas que hasta el día de hoy pueden condicionar nuestra manera de entender la gracia de Dios para intentar ser más objetivos y poder ponernos en el lugar de los que no piensan como nosotros. Pinchamos en Internet las palabras “sana doctrina” y son bastantes las webs que aparecen defendiendo una visión de las llamadas Doctrinas de la Gracia desde el punto de vista calvinista, los famosos cinco puntos del calvinismo: Depravación total/ Elección incondicional/ Expiación limitada/ Gracia irresistible/ Perseverancia de los santos. Puntos que no escribió Calvino sino que se elaboraron por el Sínodo de Dort (1618-19) como respuesta a los cinco puntos que los seguidores de Jacobo Arminio, que había discrepado de Calvino, habían presentado en 1610. Estos eran: Ser humano caído pero con libre albedrío para disponerse a la conversión/ Elección condicional/ Expiación universal/ Salvación por la fe/ Gracia resistible/ Seguridad de salvación siempre que se permanezca en Cristo.

Desde entonces el mundo evangélico, heredero de la Reforma, se encuentra influido en mayor o menor medida por ambas tendencias teológicas. En realidad, aunque no hubiera calvinismo ni arminianismo, se trata de dar respuesta a grandes preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿Es la elección un acto soberano e incondicional de parte de Dios o tiene en cuenta en su presciencia a aquellos que han de creer en el evangelio? ¿Murió Cristo por todos o solo por los elegidos? ¿Se puede resistir la gracia o no? ¿El que no persevera ha perdido su salvación o es que no la tenía?

¿Y tan grave es llegar a una u otra conclusión como para excluir al hermano que no opina como yo, apartarme de las iglesias que no tiene mis mismas convicciones o llegar a dudar de que sean iglesias bíblicas?

Por supuesto que uno y otro sistema, calvinismo y arminianismo, han tenido sus variantes a través del tiempo. No es lo mismo el calvinismo supralapsario, o sea el de la doble predestinación, que en boca de Francisco Lacueva “hace del Dios infinitamente bueno, justo y misericordioso, un tirano arbitrario que destina a la condenación a seres humanos antes de que sean previstos como existentes y por tanto como pecadores merecedores de condenación” (Doctrinas de la Gracia, Francisco Lacueva, pág.24-25), que el calvinismo infralapsario, por el que Dios en su soberanía elige salvar a algunos y dejar a otros en el camino de la condenación al que voluntariamente se dirigen. Ni tampoco es lo mismo el calvinismo de Andrés Fuller, de gran trascendencia en la Sociedad Misionera Bautista, quien considerándose calvinista rechazó el punto de la expiación limitada, o sea que Cristo muriera solo por los escogidos.

Suele ocurrir que los que sostienen uno u otro sistema, con las modificaciones o no que hayan podido hacerse a los mismos a lo largo del tiempo, pasen de las convicciones teológicas legítimas a creerse los guardianes de la verdadera “sana doctrina” que convierten en el “shibolet” que sirve de filtro para excluir a los que no están en su misma línea.

Dos gigantes de la fe

Aunque tengamos que retrotraernos más de dos siglos atrás, el ejemplo dado por dos gigantes de reconocidísimo prestigio espiritual en el movimiento evangélico, puede ayudarnos a ver la importancia de las actitudes cuando se tiene un corazón volcado absolutamente a Cristo. Se trata nada menos que de Jorge Whitefield (1714-1770) y de Juan Wesley (1703-1791), el primero reconocido calvinista, a quien sus contemporáneos llamaron “El Príncipe del Púlpito”, y el segundo, crítico con los principios calvinistas, de quien se ha dicho que marcó a toda una generación de predicadores y laicos que cambiaron el rumbo de la historia.

Ambos coincidieron en Oxford, conociéndose en el “Club Santo”, que fue un lugar de encuentro para la piedad personal y el servicio al prójimo. Burlonamente al grupo se le llamó “Los Metodistas de Oxford”. Ambos serían también ordenados ministros de la Iglesia de Inglaterra, y ambos también misioneros en las Colonias de América.

Pero surgió la polémica. Encendió la chispa un sermón predicado por Wesley (1739), “La Gracia Gratuita”, en el que criticaba la doctrina de la predestinación, que es contestado por Whitefield. Las convicciones de este no dejan lugar a duda: Creo en la doctrina de la reprobación, en este sentido, que Dios quiere dar gracia salvadora, por medio de Jesucristo, solo a cierto número, y que al resto de la humanidad, después de la caída de Adán, les dejó Dios con toda justicia, continuar en sus pecados, por lo cual de forma justa también, sufrirán muerte eterna que es el pago merecido. Las aguas del metodismo se dividían. No hubo unión entre los dos grupos metodistas, pero sí una reconciliación entre los líderes. Carlos, el hermano de Juan Wesley escribe en 1755: “¡Vamos, mi Whitefield! (la lucha ya es cosa del pasado). Los amigos de la primera hora son amigos de nuevo hasta la última”.

Discrepando pero reconociéndose mutuamente

Conscientes de sus diferencias doctrinales, Juan Wesley y Jorge Whitefield tuvieron siempre un acuerdo tácito en el que reconocían el derecho a diferir, lo cual no impedía que Whitefield fuera invitado a predicar en las Sociedades Metodistas, y que

Wesley designara a un predicador para ayudar en la predicación de El Tabernáculo de Londres. Eso sí, respetaron el ámbito geográfico de manera que no se estableciera ninguna competencia entre las Sociedades Metodistas y los Metodistas Calvinistas.

La evidencia del amor

Whitefield fallece en 1770. Uno de los sermones de despedida lo predica Wesley. Basa su sermón en Números 23:10, Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya. En él lo llama amado hermano, amigo, pastor y padre, a la vez que describe su testimonio como una vida ejemplar dedicada al evangelio. Y esta fue su oración final: “¡Deja que el fuego de tu corazón se derrame en cada corazón! Y porque te amamos, amémonos unos a otros con un amor más fuerte que la muerte ¡Quítanos todo enojo, ira y amargura; toda queja y maledicencia! ¡Haz que tu Espíritu repose sobre nosotros y que desde esta hora seamos benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, como Dios también nos perdonó a nosotros en Cristo!”.

Shibolet o Sibolet

Pronúncialo como sepas, estás en tu derecho; eso sí, con una buena conciencia de parte de Dios. Es así como entiendes la gracia de Dios obrando en tu vida. Pero seguro que lo pronuncies como lo pronuncies estarás de acuerdo con lo que contaba Spurgeon, el Príncipe de los Predicadores, calvinista por cierto, acerca de sí mismo: “…Entonces me vino un pensamiento: ¿cómo llegaste a ser un cristiano? Yo busqué al Señor. Pero ¿cómo fue que comenzaste a buscar al Señor? La verdad pasó por mi mente en un instante como un relámpago: yo no hubiera buscado al Señor sin haber recibido previamente una influencia que me hiciera buscarlo. Yo oré, pensé yo, pero entonces me pregunté: ¿cómo fue que comencé a orar? Fui inducido a orar al leer las Escrituras. Y ¿cómo fue que comencé a leer las Escrituras? Es cierto que las leí, pero ¿qué fue lo que me llevó a leerlas? Entonces, en un instante, pude ver que Dios está en el fondo de todo y que Él era el autor de mi fe, y así la doctrina de la gracia completa se abrió ante mí y de esa doctrina no me he apartado hasta este día y deseo que mi confesión constante sea ésta: “yo atribuyo mi cambio enteramente a Dios”. (Autobiografía de C.H. Spurgeon, vol. I). ¿Quién de los nacidos de nuevo no se reconoce en este pensamiento?

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