¿QUO VADIS, ROMA?

O quizás mejor: ¿Adónde vas, Francisco? No es que nos afecte a los evangélicos lo que el Papa diga o deje de decir a “su rebaño”; sencillamente hay veces que nos asombra, y vamos a decir por qué. Hace poco fue una afirmación en la que mantuvo que una unión civil de personas homosexuales constituye una familia. Dejémoslo ahí; en definitiva fue solo un comentario, aunque pueda parecernos extraño o impropio de un papa.

            Lo que más nos llama la atención es su reciente encíclica “Fratelli Tutti”, que traducido es: Todos hermanos. Los primeros extrañados han sido los católicos conservadores que la han leído a fondo con el interés que lógicamente ha de despertar una carta de quien consideran vicario de Cristo en la tierra.

            El más grande de sus críticos, el cardenal Carlo María Viganò, ha dicho que “haría creer a cualquiera que esta ha sido escrita por un masón”. Y no debe ir muy desencaminado porque precisamente el Papa ha sido felicitado por la Gran Logia de España y, entre otros muchos, por el mismísimo Pedro Sánchez, quien se declara públicamente ateo.

            El mismo prelado afirma que dicha encíclica “constituye el manifiesto ideológico de Bergoglio y su candidatura a la presidencia de la Religión Universal, esclava del Nuevo Orden Mundial”, palabras muy fuertes, especialmente por ser escritas por un alto miembro de la jerarquía católica.

            Por el contrario, una de las reacciones más positivas y absolutamente favorable a la encíclica es la del Juez Mohamed Mahmoud Abdel, quien en la presentación oficial en el Vaticano dijo: “Como joven musulmán estudioso de la Sari`a, el Islam y sus ciencias, me encuentro con mucho amor y entusiasmo de acuerdo con el Papa y comparto cada palabra que ha escrito en la encíclica”. El Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb, el mismo que firmó con el papa Francisco el Documento sobre la Fraternidad Humana para la Paz Mundial y la Convivencia ha comentado que esta encíclica “devuelve a la humanidad su conciencia”.

            Entonces, ¿qué es lo que ha escrito? Pues está claro, un manifiesto político que habla de fraternidad universal, de fronteras a derribar, de migrantes que hay que acoger, de la relativización de la propiedad privada, de los límites del liberalismo económico, de la gobernabilidad mundial y de un largo etcétera de cuestiones propias de una consideración sociológica, política o económica que legítimamente pueden tratarse o discutirse quizás en foros más apropiados.

            Alguien podría decir: ¿Acaso un papa no puede denunciar la injusticia y hacer un llamamiento a la solidaridad? Los profetas lo hicieron. Ahí están las denuncias de Isaías, Amós o Miqueas por las injusticias hacia los débiles, o Jeremías aconsejando al rey en política exterior pretendiendo un acuerdo con Babilonia. Los propios reformadores, Lutero, Calvino o Zuinglio tocaron temas como la usura o el comercio justo, incluso este último habla de la legítima participación política de los cristianos en beneficio de la comunidad. O su preocupación por la educación pública de niños y jóvenes. Conocidas son las ideas de Lutero en cuanto a su propuesta educativa, o de Melanchthon, considerado el padre de la pedagogía alemana; o Zuinglio, escribiendo un tratado “Sobre la educación y formación de la juventud”. ¿Dónde está entonces la diferencia? En que todos aquellos apelaron a la Palabra de Dios, no a las ideologías humanas.

            El problema es que este manifiesto político de clara ideología humana Bergoglio lo convierte en encíclica, y por lo tanto, para justificar su argumentación, pretende derivarlo de principios evangélicos, de doctrina cristiana e incluso de la vocación misionera y evangelizadora de la iglesia. Lógicamente para ello ha de tergiversar, entre otras cosas, uno de los principios bíblicos sin el cual el mensaje del evangelio se desintegra: que somos hechos hijos de Dios solamente mediante la fe en Cristo.

            Para Francisco todos los seres humanos, por el hecho de serlo, somos hermanos porque todos somos hijos de Dios, de ese “Dios padre de todos”, independientemente de que las personas se hayan arrepentido de sus pecados y hayan puesto su fe en Jesucristo como Señor y Salvador. El lector ya estará pensando en las implicaciones que tiene esta doctrina que, aunque no nueva, ahora sale de la mente de un papa. Podríamos derivar de sus palabras que Jesús es para ti y para mí muy importante porque somos cristianos, pero nada tiene que ver con los demás, según Francisco, tengan la religión que tengan e incluso si no tienen ninguna. ¿Podrá entonces anunciarlo como el Rey de reyes y Señor de señores, el Juez que juzgará a vivos y muertos, como la piedra angular sobre la que se levanta o derrumba el edificio de la vida o como Aquel delante de quien se doblará toda rodilla y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor? Nos tememos que no, que sería muy incoherente con sus propias afirmaciones. Si Francisco piensa así, “su Cristo” no es el Cristo de la Biblia.

            Preparémonos entonces para dos cosas importantes. Una: la presión que recibiremos del entorno catolicorromano afín a Francisco, y de la sociedad en general, que no verá ninguna justificación para que no nos enganchemos a ese ecumenismo universal inclusivo que nos reconoce como hermanos, no ya como “hermanos separados” sino hermanos con todos los derechos. Para Francisco humanidad e iglesia son coincidentes. Dos: los efectos que esta ideología, sostenida por muchos de los que hoy detentan el poder, tendrá en una buena parte de los ciudadanos de todo el mundo, incluidos nosotros los cristianos, si es que es verdad lo del “nuevo orden mundial”.

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