No tomarás el nombre de Dios en vano

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Por: Daniel Pujol

INTRODUCCIÓN

La Ley dada por Dios al pueblo de Israel en el monte Sinaí por medio de Moisés tres meses después de salir de Egipto (Éxodo 19:1), tal como la tenemos enunciada en los Diez Mandamientos (20:1-17), es expresión del carácter de Dios. Moisés, al llegar al final de sus días, recuerda lo sublime de aquel momento cuando en su bendición al pueblo declama: “Yahvé vino de Sinaí entre diez millares de santos, con la ley de fuego en su mano derecha” (Deuteronomio 33:2). Muchos siglos después, su elevado valor es reconocido por Esteban cuando denuncia al pueblo: “vosotros recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis” (Hechos 7:53; Hebreos 2:2).

Cuarenta años después del Sinaí, Moisés ha convocado a Israel antes de cruzar el río Jordán para entrar en la tierra prometida. Se dirige al pueblo en lo que constituirá su testamento espiritual y discurso de despedida, ya que él no pasará más allá. Entre las muchas cosas que les dice les recuerda los Diez Mandamientos, y dice a los presentes quienes, o bien cuando el Sinaí eran niños pequeños, o no habían nacido todavía: “No con nuestros padres hizo Yahvé este pacto, sino con nosotros los que estamos aquí hoy” (Dt 5:3), haciendo énfasis en el valor permanente de la Ley para los israelitas de entonces, como lo es para nosotros hoy.

En el primer mandamiento Dios se presenta como único. No hay nadie ni nada más a su nivel. Si en Egipto los israelitas habían visto que los egipcios veneraban otros dioses, a ídolos mudos, pudieron constatar cómo sobre ellos Dios había descargado su juicio (Ex 12:12). Siglos después el pueblo exclamaría: “Yahvé es el Dios” (1 Reyes 18:39). Yahvé era el que les había sacado de la esclavitud de Egipto con brazo fuerte, y por tanto en su propia experiencia tenían que reconocer que no había nadie como Él. Dios no admite otra cosa. Y así insistió a lo largo de la historia, y la revelación del Antiguo Testamento así lo recoge (Isaías 46:9), hasta llegar a Zacarías, el profeta del post-exilio (10:6). Él es el único Dios (Isaías 46:9).

Por el segundo mandamiento Dios dice a su pueblo: “no me representéis de ninguna manera, porque cualquier representación que hagáis de mí no hace justicia a lo que soy, me reduce, me minimiza. Y la representación de cualquier ser o cosa por la que pretendáis sustituirme rindiéndole la adoración que sólo a mí me corresponde, me ofende terriblemente”. Lamentablemente, y siguiendo las costumbres de los pueblos vecinos, los israelitas cayeron en la idolatría, lo que los profetas denunciaron una y otra vez mostrando incluso lo ridículo que suponía reverenciar los ídolos por lo inútiles que eran (Salmo 115:4-8; Isaías 44:9; Jeremías 10:3-5).

En este artículo nos dedicaremos a considerar el tercer mandamiento: “No tomarás el nombre de Jehová (Yahvé) tu Dios en vano” (Ex 20:7). En definitiva este mandamiento está estrechamente vinculado al primero, y como veremos, todos los mandamientos que vienen a continuación se concentran en él.

IMPORTANCIA DEL NOMBRE

Vamos a centrarnos en primer lugar en el nombre. En el relato de la Creación vemos al Señor que “trajo a Adán todas las bestias para que viese como las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales este es su nombre (Génesis 2:19). Poner nombre es evidenciar propiedad, responsabilidad, vinculación.

Cuando Dios formó a la mujer de la costilla de Adán y este la vio la llamó “ishshah”1 porque de “ish” la había tomado.

El nombre en la Biblia no es una mera etiqueta, una insignia. Tiene el significado de la personalidad de aquel que lo lleva. Puede derivarse de las circunstancias de su nacimiento: Lamec llamó a su hijo “Noé, diciendo: este nos aliviará de nuestras obras”; Noé significa “descanso” (Gn 5:29)]. O puede reflejar su carácter. Esaú, hablando de su hermano después de haberle suplantado cuando su padre Isaac iba a impartirle la bendición: “bien llamaron su nombre Jacob”, el que suplanta (Gn 27:36). El nombre Jacob proviene del hebreo “aqueb” que significa “talón” haciendo referencia a cómo fue el nacimiento de los dos hermanos (Gn 25:26). Así, cuando una persona pone “nombre” sobre una cosa u otra persona, esta viene a quedar bajo su influencia y protección.

Llegando al final de la revelación, en Apocalipsis, vemos al Señor que da un mensaje a la iglesia en Pérgamo: “Al que venciere le daré una piedrecita y en ella escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe” (2:17).

Siguiendo en Apocalipsis, y en tiempos del anticristo, se hace mención de aquellos que adoran a la bestia “cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Ap 13:8). Y más adelante de “aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida” (17:8). Así pues, vemos que en la Escritura la cuestión del nombre, para bien o para mal es de suma importancia.

EL NOMBRE DE DIOS

En lo que respecta al nombre de Dios, en la sociedad actual estamos, lamentablemente, demasiado bombardeados por la blasfemia. Dios en su palabra advierte de la gravedad de la misma: “Cualquiera que maldiga a su Dios, cargará con su pecado. Y al que blasfemare el nombre de Jehová, ha de ser muerto” (Levítico 24:16). El salmista estaba muy sensibilizado al respecto: “De cierto, oh Dios, harás morir al impío. Porque blasfemias dicen ellos contra ti; tus enemigos toman en vano tu nombre. ¿No odio, oh Yahvé, a los que te aborrecen, y me enardezco contra tus enemigos?” (Salmo 139:19-21). Estando su pueblo afectado, Dios mismo responde: “Y ahora ¿Qué hago yo aquí –declara el Señor- viendo que se llevan a mi pueblo sin causa? También declara el Señor: sus dominadores dan gritos, y sin cesar mi nombre es blasfemado todo el día. Por tanto, mi pueblo conocerá mi nombre(Isaías 52:5-6 LBLA).

Todo esto en relación a la blasfemia, por no mencionar el uso frecuente de interjecciones que banalizan el nombre de Dios, o cuando se presta un juramento que luego es tomado a la ligera.

Estando Israel esclavizado en Egipto, el Señor se apareció a Moisés y le dijo. “Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto… Ven, te enviaré a faraón para que saques a mi pueblo”. Ahora bien, contesta, cuando hable a mi pueblo y les diga: “El Dios de vuestros padres me ha enviado, si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre? ¿Qué les responderé?” Dios le respondió: “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:1-14). Jehová (Yahveh) significa “aquel que es”. En contraste con Dios, es un nombre propio, el nombre de una persona, una persona divina. Como tal persona, se relaciona con los seres humanos, otras personas. Es el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob (v.15). Este nombre acerca a Dios al hombre, sea para juicio, sea para salvación (Ex 5:2; 6:7; 7:5).

Los egipcios adoraban muchos dioses, ídolos ciegos y mudos, representados por muchas figuras: Ra (el sol; por una cabeza de halcón), Osiris (el Nilo), Anubis (guía de los muertos; por una cabeza de chacal), Horus (identificado con el Faraón; también por una cabeza de halcón). En la Pascua, Dios declaró: “Ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto” (Ex 12:12). Yahvé ya había dicho a Faraón: “A la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra” (Ex 9:16). A Dios le basta su nombre: “¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis?” (Isaías 40:25).

Yo Yahvé; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas” (Is: 42:8).

Cuando Israel estaba ya libre y de camino a la tierra prometida Dios da instrucciones a su pueblo por medio de Moisés para la adecuada adoración: “Destruiréis todos los lugares donde las naciones sirvieron a sus dioses… El lugar que Jehová vuestro Dios escogiere para poner allí su nombre ese buscaréis” (Deuteronomio 12:2, 5). Siglos más tarde, y respondiendo al deseo de David de construir una casa para el Señor, Dios le dijo que sería su hijo quien le edificaría casa a su nombre en Jerusalén (1 Reyes 8:1, 19). Así cuando llega el momento de la dedicación del templo, Salomón en su oración menciona cuál es el propósito para el que se ha levantado este santuario: “Para que todos los pueblos conozcan tu nombre y te teman” (1 R 8:43). De hecho, los judíos, que por una cuestión de reverencia2 son reticentes a pronunciar el nombre propio de Dios -Yahvé o Jehová-, se refieren a Él como el Nombre (en hebreo HaShem).

Dada la solemnidad que el templo tenía para los israelitas a lo largo de su historia cabe prestar atención a lo que implica para nosotros. De ahí las palabras del apóstol Pablo para darnos cuenta del privilegio y a la vez la responsabilidad que tenemos como creyentes, hijos de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios, que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16). Y también: “¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual tenéis de Dios y que no sois vuestros?” (1 Co 6:19). Porque: “vosotros sois el templo del Dios viviente” (2 Co 6:16).

En su templo todo proclama su gloria” (Salmo 29:9).

Otro salmista, Asaf, estaba tan indignado contra los enemigos de su pueblo, que además aborrecían a su Dios, que como consecuencia, le pide al Señor que los persiga y llene su rostro de vergüenza, “sean deshonrados, y perezcan. Y conozcan que tu nombre es Jehová; tú solo Altísimo sobre toda la tierra” (Sal 83:15-18).

Lamentablemente, el reino de Judá no anduvo mejor que los enemigos de su pueblo. En las postrimerías de su historia, antes del exilio, encontramos al rey Manasés del que se dice que “edificó altares en la casa de Yahvé, de la cual Yahvé había dicho: Yo pondré mi nombre en Jerusalén. Y edificó altares para todo el ejército de los cielos. Y puso una imagen de Asera en la casa de la cual Yahvé había dicho: Yo pondré mi nombre para siempre en esta casa”. (2 Reyes 21:4-5, 7). En consecuencia, Dios se ve obligado a juzgar (v. 12-15).

Unos años después, Judá ya en el exilio tras la primera deportación babilónica, el Señor habla a Ezequiel, sacerdote y profeta, exiliado también, para hacerle saber por qué ha actuado así. Así lo atestigua el profeta: “Vino a mí palabra de Jehová… Y sabrán que yo soy Jehová; no en vano dije que les había de hacer este mal” (Ezequiel 6:1,10). Y a la tierra de Israel dirige estas palabras: “Enviaré sobre ti mi furor, y te juzgaré según tus caminos” (7:2,3). Y se explica: “No lo hago por vosotros, sino por causa de mi santo nombre el cual profanasteis. Y santificaré mi grande nombre (36:22,23). ¿Quedará todo solamente en un acto de juicio destructivo? No. Más adelante, el Señor dice lo que va a hacer: “Os limpiaré, os daré un corazón nuevo, y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios”. Pero insiste: “Haré notorio mi santo nombre en medio de mi pueblo Israel, y nunca más dejaré profanar mi santo nombreY sabrán las naciones que yo soy Jehová, el Santo en Israel” (Ez 36:26-28, 36, 38; 39:7).

Conocer a Yahvé es reconocer su naturaleza, su carácter, su soberanía; su obra, en juicio y salvación. Los profetas no dejaron de insistir en ello.

Y conoceréis que yo soy Jehová vuestro Dios, y no hay otro” (Joel 2:27).

Dios no toma en vano su propio nombre. Así lo interpreta el salmista

(Salmo 111) cuando, tras considerar “el poder de sus obras” para moverle a la alabanza, concluye: “Santo y temible es su nombre (v. 9), para luego ser consecuente: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (v. 10).

“Alaben el nombre de Jehová, porque solo su nombre es enaltecido.

Su gloria es sobre tierra y cielos” (Sal 148:13).

EL NOMBRE DE JESÚS

Cuando llegó el momento de la venida del Hijo del Hombre a este mundo mediante su encarnación, Dios informó a José del evento porque implicaba a su prometida y le dijo:

Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).

El nombre Jesús deriva de Yeshúa que significa Yahvé es salvación.

Siguiendo con el nombre del que había venido a salvar al hombre, tras su muerte expiatoria y su resurrección, el apóstol Juan escribió en su primera carta: “Os escribo a vosotros porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre (1 Juan 2:12).

En su carta a los Filipenses, el apóstol Pablo, en aquel conocido himno que resume la obra de Cristo lo concluye así: “Dios le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11).

Partiendo de las palabras del mismo Señor a sus discípulos, nosotros oramos al Padre en el nombre de Jesús: “Yo os elegí para que vayáis y llevéis fruto y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé” (Juan 15:16).

Y hacia el final de su ministerio, Jesús se despedía de Jerusalén con estas palabras: “Desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor” (Mateo 23:39). Así, cuando llegamos a la escena de las bodas del Cordero hacia el final de la Revelación, le vemos aparecer como jinete victorioso luciendo sus nombres: “EL Verbo de Dios”, y “Rey de reyes y Señor de señores” (Apocalipsis 19:11-13,16). Es curioso que en este caso, tanto el Señor, como en el de los creyentes en la iglesia de Pérgamo, el nombre solo lo conoce el que lo lleva (2:17). Nos habla de algo muy personal.

TRASCENDENCIA DEL NOMBRE

Tras todo lo que hemos visto hasta aquí podemos apuntar la trascendencia que tiene el nombre. Veremos brevemente tres aspectos. Nos habla de:

Autoridad. Los apóstoles acuden al templo y al cojo que encuentran en la puerta le dicen: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:1-6).

Poder. Cuando Israel estaba esclavo en Egipto, Dios advierte al Faraón que se resiste a dejar ir a su pueblo: “Para esto te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra” (Éxodo 9:16; Romanos 9:17).

Y recordando aquel acontecimiento histórico, de los israelitas dice el salmista: “Él los salvó por amor de su nombre, para hacer notorio su poder” (Salmo 106:8).

Carácter. Una vez liberado, da su Ley al pueblo de Israel y le exhorta así: “Guardad mis mandamientos y cumplidlos. Yo Jehová. Y no profanéis mi santo nombre, para que yo sea santificado” (Levítico 22:31,32).

Profanar es tratar una cosa sagrada sin el debido respeto; es deshonrar. Lo contrario es santificar. Así enseñó Jesús la oración modelo: “Padre nuestro que estás en los cielos santificado sea tu nombre (Mateo 6:9)

APLICACIÓN

Ya hemos dicho que el Decálogo expresa el carácter de Dios. Hemos estado considerando el tercer mandamiento. Alternativas a como aparece en la versión de RV60 podrían ser:

No hagas mal uso del nombre del Señor” (Nueva traducción viviente)

No usen mi nombre sin el respeto que se merece” (Traducción en lenguaje actual)

Como aplicación una posible adaptación podría ser: que con tus actos, tus palabras, no pongas en entredicho la credibilidad del Señor tu Dios.

En relación a actos podemos ver que este mandamiento engloba por así decir a los siete que vienen detrás.

En cuanto a las palabras tenemos la advertencia de Jesús: “Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:37).

Y resumiendo toda la conducta, “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13).

Respecto a la conducta, es cierto que en el A.T. uno tiene la sensación de que lo que llama la atención son los pecados de grueso calibre, como los asesinatos, robos, adulterios, etc. Si bien también se mencionan la mentira, la codicia, y sobre todo la idolatría. De aquí la falsa seguridad del joven rico (Marcos 10:17-20). También en el N.T. Tenemos por ejemplo, el caso de Ananías y Safira por la mentira, la codicia y la idolatría (Hechos 5:1-11). Pero además se hace énfasis en cuestiones de índole espiritual, y las que a nivel práctico tienen que ver con las relaciones familiares (esposos, padres/hijos), laborales, socio-políticas, etc. Y aquí es donde hemos de prestar atención, porque todas ellas están relacionadas con la conducta.

Volviendo al nombre, el de “cristiano” fue aplicado, en los inicios de la iglesia, a los discípulos por primera vez en Antioquía (Hechos 11:26). Y Pedro más adelante, en su primera carta dice a sus lectores: “Si alguno padece como cristiano no se avergüence” (1 Pedro 4:16). Es justamente lo contrario de tomar el nombre de Dios en vano. Padecer como homicida, ladrón, malhechor, entrometido o codicioso es precisamente poner en entredicho la credibilidad del Señor (v. 15). Esto es de aplicación en la vida diaria.

Si en tiempos del Antiguo Testamento usaban la expresión “Señor” porque llegaron a desconocer como pronunciar YHVH, nosotros al llamar a Jesús Señor estamos definiendo el tipo de relación que nos une a Él. Él tiene señorío sobre nosotros sus siervos. Declaramos nuestra esperanza de pasar a la presencia del Señor, sea que Cristo venga a por su Iglesia, sea a través de la muerte. Allí Jesús será nuestro Señor y nosotros le serviremos sin defecto, sin cansancio, sin cesar (Apocalipsis 22:3). Pues bien, todo lo que constituye nuestra realidad presente, desde domingo por la mañana hasta sábado por la noche, a nivel profesional, laboral, familiar o social, sea en público o en privado, es un entrenamiento, un preparativo para cuando le sirvamos entonces.

No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo, segaremos si no desmayamos” (Gálatas 6:9). Que lo que hacemos, lo que decimos, como nos comportamos no ponga en entredicho la credibilidad del Señor.

Muchas veces solemos buscar un modelo que nos inspire. Tenemos al alcance una vida ejemplar: la de Jesús. “¿Quién de vosotros puede reprocharme haber pecado?” (Juan 8:46 RV2020). El que lanza la pregunta es aquel que la sociedad conocía como “el carpintero” (Marcos 6:3). Ningún cliente, ningún proveedor podía señalarlo con el dedo de manera a poner en entredicho la credibilidad de Dios, su Padre. Nunca tomó el nombre de Dios en vano. Y Dios estuvo con él.

Antes de concluir, dos apuntes relacionados con lo que hemos estado viendo. En primer lugar la Ley habla claramente de la gravedad de faltar al tercer mandamiento. Dios advierte claramente que “no dará por inocente Yahvé al que tomare su nombre en vano” (Éxodo 20:7). Su peor exponente es el de la blasfemia, y la historia bíblica menciona un caso que motivó una ejecución sumarísima por lapidación del culpable (Levítico 24:10-14) amonestando seriamente a toda la congregación de Israel.

(v. 15-16). En nuestra sociedad no es extraño oír blasfemar, y podría darse el caso de que un lector sintiera el peso de haber pecado de esta manera en el pasado. Leamos el testimonio del apóstol Pablo:

Habiendo sido antes blasfemo, fui recibido a misericordia. La gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús, quien vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna” (1 Timoteo 1:12-16).

En segundo lugar, y relacionado con vivir aplicando día a día lo que hemos considerado, podremos sentir la gran responsabilidad que ello conlleva. Notemos que si bien esto es cierto, por el otro lado, y a la vez, tenemos a nuestro lado al jefe que tiene todo poder, por encima de cualquier circunstancia. Así lo entendió, y así lo dijo Moisés al pueblo antes de morir:

Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis, ni tengáis miedo, porque Yahvé tu Dios es el que va contigo; no te dejará, ni te desamparará… Yahvé va delante de ti para que oigan y aprendan a temer a Yahvé vuestro Dios” (Deuteronomio 31:6, 8, 12).

Notemos que el que promete asistir es el mismo que dictó el mandamiento.

Notas

1 Para mostrar la vinculación, en la versión castellana los términos hebreos se vierten como “varón” y “varona”. Este último término, aunque correcto, actualmente en desuso.

2 Génesis 32:29; Jueces 13.17-18