Libres para Servir

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Por : Toni y Pili Quesada

INTRODUCCIÓN

En primer lugar, queremos expresar nuestro agradecimiento a la Coordinadora de Asambleas de Hermanos de España, a los editores de la revista Edificación Cristiana y a los demás organizadores y participantes del programa, por habernos permitido participar en este evento. Es un honor para nosotros ser parte activa del deseo y anhelo de muchos; de ver una iglesia con un proyecto de vida conforme al corazón de Jesús como es: ser UNO como el Padre y el Hijo lo son, SUMANDO sinérgicamente los dones y ministerios regalados por Dios el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, su Iglesia.

El título sugerido para esta ponencia; “Libres para servir”, da por sentada la necesidad de ser libres antes, para poder servir en la dimensión que nos interesa, a la que hemos sido llamados y capacitados. Ser libres, verdaderamente libres, no es una cuestión baladí. Ya el mismo Jesús de Nazaret tuvo la necesidad de clarificar a los que habían creído en él, que la práctica del pecado les esclavizaba; les robaba la libertad, y que sólo la verdad, su asunción intelectual y práctica en fe, les haría verdaderamente libres. Creer y hacer son elementos constitutivos de la fe cristiana que nos libera y capacita.

Y al igual que Dios demandó al Faraón que liberara a su pueblo para que fuera al desierto a servirle, hoy somos llamados a esa libertad real que la sangre de Cristo nos otorga para salir a nuestro desierto vital, a la soledad del ministerio. Solos, sí, pero ante la presencia del Siervo, y al mismo tiempo rodeados de personas necesitadas y anhelantes que sólo veremos como aquellos por quienes murió Jesús, cuando el servicio al Redentor se manifieste como una práctica común y natural. Ellos desean ver cómo la gran familia de la fe toma el testigo de la carrera para continuar adelante sirviendo en una sociedad cada día más egocéntrica, hedonista y nihilista.

Es clarificador, según el relato del Éxodo que nuestro buen Dios quiere un pueblo libre. Libre para servirle, libre de ataduras e imposiciones de faraones contemporáneos que tratan de plasmar su voluntad en nosotros usando todos los medios posibles a su alcance.

Produce congoja ver cómo hermanos queridos y amados en Cristo, se dejan llevar por ideas que abortan el ejercicio cristiano del servicio al prójimo y la recompensa aparejada, al negar a otros la posibilidad de servir por razones de raza o religión, si han llegado en pateras o por avión, legales o ilegales. Sí, se opone el “faraón” de la desinformación, el de los supuestos oscuros objetivos de grupos de poder que están llevando al mundo al caos y la destrucción, al parecer al margen de la voluntad de Dios, que es Soberano y Rey de reyes. Y se opone el “faraón” del miedo a perder España por una nueva reconquista de los saladinos del s. XXI. Estos faraones, y otros semejantes están anulando o desactivando los dones de servicio que nuestro buen Dios ha repartido entre su pueblo, perdiendo la Iglesia capacidad operativa, olvidando que en el principio no fue así, como leemos en Hechos 2: 43-47

43 Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. 44 Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; 45 y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. 46 Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, 47 alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.

Se hace pues necesario, profundizar sobre la naturaleza de la libertad en el servicio. Una libertad recibida por la gracia de Dios, por la sujeción del Hijo al Padre en todo. Es por eso, que no entendemos la libertad del cristiano fuera del servicio voluntario y en amor a Aquel que permitió le ataran sus manos y ser llevado como cordero al matadero. El amor de nuestro Señor manifiesto en su sujeción, servicio, enseñanza, ejemplo y entrega sustitutoria a través de la muerte y resurrección, mostró un camino para todos sus seguidores en todo lugar y época. A Él no le afectaron las circunstancias presentes cuando surgía la necesidad. Simplemente las abordaba y actuaba siguiendo los preceptos del Padre, dando cumplida satisfacción y resolución puntual. La única razón que se interpuso entre su capacidad de servicio y el sujeto necesitado fue la poca fe en Él. La falta de fe impidió que muchos disfrutaran del poder servicial en milagros y sanidades.

Las Escrituras nos advierten respecto a la libertad que tenemos gracias al sacrificio del Siervo. Lo hacen en el sentido de no perder de vista el valor de ésta para que no degenere en libertinaje, que suele estar relacionado en mayor o menor grado con la ausencia o subestimación del servicio. Es una alerta temprana, una luz roja de advertencia cuando nuestras vidas no son vidas de ministerio servicial, en libertad, con amor.

En la medida que la Iglesia no regrese a las disciplinas espirituales como la confesión de pecados y la meditación en el carácter de Cristo, no se verá plenamente capaz de servir con absoluta libertad. Confesar nuestros pecados, probablemente nos haga vulnerables ante los demás, pero a la vez nos fortalecerá y nos permitirá adquirir ese rasgo distintivo del carácter de Cristo: su humildad, sin la cual todo servicio se hace desde una esfera de protagonismo humano, no buscando darle la gloria a Dios.

De ahí la necesidad de entender que sólo en Cristo, sujetos a su verdad, y no a nuestros propios intereses estaremos habilitados para servir en el más honroso ministerio: servir al Dios vivo y verdadero.

LO COMÚN DEL SERVICIO

Servir es solo una pequeña palabra, pero con grandes significados como lo explicita la RAE:

estar al servicio de otros; estar empleado en la ejecución de una cosa por mandato de otro; estar sujeto a otro haciendo lo que él dispone; hacer las veces de otro en un oficio u ocupación; aprovechar, valer, ser de utilidad, etc.”

Al hablar de servicio, no sólo pensamos en sus variados significados y acepciones, sino que se sirve desde la perspectiva del Gran Siervo, nuestro amado Señor Jesucristo. Aquél que vino para servir y no ser servido, pero anhela que todos los suyos tengan a bien imitarle como modelo supremo y absoluto.

Partiendo de la base del ejemplo del Maestro, nuestro servicio consiste en entregarnos a Él y a los demás. Nunca pretendiendo servirnos de nadie, sino sirviéndonos unos a otros como hombres y mujeres libres de verdad, de todo corazón, sin quejas, con humildad y fervientes, porque, en definitiva, cuando servimos en cualquier esfera o espacio, estamos sirviendo al Señor.

Recordamos una etapa de la vida de Pilar en que mientras estaba activa en servir en la iglesia en diferentes áreas, se quejaba por ver cómo muchas personas no hacían nada. Su mirada estaba puesta en los que no hacían nada, mientras ella estaba muy ocupada. Hasta que el Señor ministró su espíritu dejando claro que Él la había llamado a ella. Por tanto, servir es común para TODOS los cristianos. El trabajo de sirviente es una tarea que todos los cristianos tienen en común. «Cristianos» y «sirvientes» son términos que están unidos por naturaleza tras el nuevo nacimiento. El Salmo 100 dice:

Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con alegría; Venid ante su presencia con regocijo.

Esta vocación es el llamado común de los cristianos, y aún de toda la creación.

El servicio es común en todas las relaciones. El trabajo de sirviente ha de estar proyectado en la comunidad y desde nuestro círculo íntimo expandirlo hasta el fin del mundo. Somos la sal y luz del mundo. No lo olvidemos. No debieran ponerse obstáculos a servir allá donde el Señor envía a sus siervos. Ser sal y luz del mundo implica atender la necesidad que tiene la humanidad del impacto penetrante, esclarecedor y preservador de la Iglesia del Señor. A veces por diversas causas, restringimos el servicio que debemos a nuestro Señor y a los demás a círculos muy próximos o cómodos, por afinidades doctrinales, culticas u otras. Servir libremente debiera ser una realidad en todas nuestras relaciones. Y es en las relaciones cotidianas de la vida donde la servidumbre a Cristo se manifiesta, en la manera en que nos relacionamos y servimos.

Cuando el Espíritu Santo nos alumbra con la luz de Cristo, llegamos a ser conscientes que todos los nacidos de nuevo tienen como centro de su adoración al Dios vivo y eterno. Un adorador es un siervo, como un sirviente es un adorador. Es en esa dimensión suprema de servicio al Señor, donde Él nos habla y dirige conforme a su soberana voluntad, como en Hechos 13:1-3

Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando estos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.

LA MOTIVACIÓN PARA EL SERVICIO

¿Por qué hemos de servir?

  1. Porque tenemos el mandamiento

A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás, y por su nombre jurarás”. Deuteronomio 6: 13

Servir a Dios, a su Iglesia y al mundo ha de ser una respuesta en obediencia al mandamiento bíblico. Hay quienes piensan que eso lo dijo Moisés en un contexto pretérito, cuando la relación con Dios estaba dictada por la ley, que indicaba, grosso modo: “haz esto y vivirás”. Y que ahora el pueblo de Dios, su Iglesia, no está sujeta a la estricta ley mosaica. Sin embargo creemos que ese enfoque cae en el mismo error del antinomianismo que enseñaban los libertinos de la iglesia temprana. Su énfasis, en pocas palabras era: “Soy salvo por fe-gracia; entonces, no hay necesidad de servir, obrar u obedecer la ley. Como soy libre (salvo ya), puedo hacer lo que quiera”.

El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos responde así a los libertinos “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?; ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡En ninguna manera!

Ro. 6:1,15.

Igualmente Pedro los menciona en 1ª Pe. 2:16. “…como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como SIERVOS de Dios”.

Nada más lejos de la verdad revelada. Al pensar como los libertinos, obviamos la enseñanza del Nuevo Testamento manifestando el regalo de Dios el Espíritu Santo a su Iglesia otorgándoles dones de servicio, que el propio Pedro menciona como parte esencial de la actividad del cuerpo de Cristo junto al ministerio (servicio) de la predicación y enseñanza. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén 1ª Pe. 4:11.

  1. Por amor a Él, que nos ayuda a ser perseverantes.

¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? ¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú? ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos. Lucas 17: 7-10

En este pasaje, Jesús les dijo a sus discípulos que al terminar con aquello que les fuera encomendado, en santa obediencia, simplemente se tuvieran así mismos como “siervos inútiles”. La palabra traducida como inútiles significa sin provecho, no rentable o inservible, en un sentido negativo.

Barclay, escribió: “Los versículos del 7 al 10 nos dicen que Dios no está nunca en deuda con nosotros, que nunca nos podemos pasar en su servicio. Cuando lo hemos hecho todo lo mejor posible, no hemos hecho más que lo que estábamos obligados a hacer…Tal vez se puedan satisfacer las exigencias de la Ley; pero todos los que aman saben que no se pueden abarcar los límites del amor.”

El Comentario Bíblico del Continente Nuevo resalta que, justo antes de esta declaración de Jesús, los discípulos pidieron que les fuera aumentada la fe (Lc. 17:5). “Con la fe en Dios como un poderoso motor, todos los que sirven a Dios pueden lograr los objetivos en su servicio. Como la fe es en Dios y proviene de Él, cualquier cosa que los discípulos de Cristo hagan en este mundo carece de mérito propio, ya que todo está hecho por El, desde el tener fe hasta el lograr los triunfos de esa fe. De modo que se cumple lo que escribió San Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, a los filipenses en Filipenses 2:13 “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” En este contexto todos los seguidores de Dios, aún los aparentemente más exitosos son siervos inútiles, ya que no hay ningún mérito en ello, ni siquiera en el de obedecer, ya que como seguidores de Cristo han renunciado a todo.”

Mientras Barclay destaca lo inconmensurable del amor y la responsabilidad ética y moral delante de Dios al hacer lo que su Palabra manda, El Comentario Bíblico del Continente Nuevo pone énfasis en la gracia de Dios y en su voluntad soberana. Para Barclay somos siervos inútiles en la medida que cumplimos lo que Dios nos manda y no podemos satisfacer completamente sus demandas de amor, pues siempre hay algo más que dar, mientras que para el Comentario Bíblico somos siervos inútiles porque si obedecemos a Dios no hay ningún mérito en nosotros porque es Dios quien en su voluntad nos lleva a hacer lo que es debido. De cualquier modo, ambos aspectos de la inutilidad de los siervos de Cristo son importantes:

– Los siervos del Señor somos inútiles porque es inútil intentar hacer lo que Dios nos manda de un modo completo y perfecto, ya que siempre habrá más y más que hacer, y más y más que perfeccionar. Una vez que un discípulo de Cristo cumple con una tarea ya hay otras esperando ser hechas, pues “la mies es mucha”, y hay largos trechos que recorrer hasta ser “transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor” y “renovados en conocimiento a imagen del Creador”.

– Los siervos del Señor somos inútiles porque es inútil pretender algún mérito personal al realizar la tarea que Dios encomienda: Dios da el poder de su Espíritu para que sus siervos puedan lograr todo lo que se les ordena (Hch. 1:8). No hay ningún milagro, conversión, perfeccionamiento o purificación, ni ninguna buena dádiva que no provenga de las alturas.

Con todo lo dicho hasta ahora, un elemento motivador importante en el servicio cristiano es la perseverancia.

Perseverar sirviendo al Señor nos permite crear un ambiente de seguridad a nuestro rededor. Los creyentes y los no alcanzados verán que, a pesar de la lluvia, frio o calor, que suba el pan, el agua o la gasolina, podrán contar con nosotros. Eso es mucho más que necesario cuando el servicio lo prestamos en ámbitos extra eclesiales. Cuando representando a la Iglesia de Cristo abrimos brecha en hospitales, centros penitenciarios u otra institución pública, la constancia y la perseverancia han de ser motores motivadores ante los pensamientos y comentarios desmotivadores que nos sobrevendrán. Al llevar ya más de veinte años sirviendo en prisiones podemos hablar con cierta autoridad y gratitud al Señor por su Santo Espíritu, que nos ha dado fuerzas para seguir hasta que veamos oportuno pasar el testigo.

Hermanos y hermanas: Dios se glorifica cuando, a pesar de nuestras dudas, disidencias y motivos personales legítimos, elegimos servir al Señor. Josué, el caudillo de Israel, aquel que acompañó al pueblo de Dios en su entrada a Canaán y repartió sus tierras, siendo conocedor de la dureza de corazón de los suyos, dejó meridianamente clara su voluntad de servir al Señor junto a su familia. Aquella declaración suya “yo y mi casa serviremos a Jehová”, es un llamado a las conciencias del pueblo de Dios en la actualidad. Necesitamos entender que no depende de lo que el otro haga. Tenemos un mandamiento que cumplir, una necesidad impuesta como diría San Pablo, y no podemos esperar hasta ver como lo hacen los demás. Mi vida, tu vida, la vida de todos los salvos ha sido ganada por Cristo, ya no somos nuestros, hemos sido comprados por precio, no nos pertenecemos.

¿DÓNDE SERVIREMOS?

¿Hay alguna área restringida al servicio de los santos? ¿Hay algún grupo humano, cultura o subcultura no necesitada del servicio cristiano? Pensamos que no. En todas las esferas de nuestra sociedad es importante que el servicio a Dios esté presente. Recordamos una conversación con el amado hermano Pedro Gelabert con relación a las emisoras de radio. Él nos dijo lo siguiente: “es mejor tener un cristiano en las emisoras de radio, que tener una radio cristiana”. Eso no resta valor a las emisoras evangélicas. Son herramientas extraordinarias usadas por el Espíritu Santo para la difusión del Evangelio desde hace muchos años. Lo que tratamos de poner en valor es el testimonio cristiano en los medios de difusión que son, y no podemos negarlo, medios de formación y alineación con los valores imperantes actuales. De la misma manera debemos estar presentes en todos los espacios públicos o privados, y desde allí a través de nuestro servicio, glorificar a Dios.

Creemos que el proyecto de Dios es bueno. Él presentó a nuestros primeros padres un huerto y un mundo, el mundo de entonces como nos recuerda el apóstol Pedro, para que con las directrices y siguiendo el modelo divino fuéramos los responsables de hacer extensible lo que Dios manifestó. Nos concedió la autoridad para hacerlo y el modo también. Una autoridad delegada sobre toda cosa creada y la manera de acometer tal empresa era, y sigue siendo, JUNTOS. Si no, ¿cómo podríamos servirle alcanzando tan vasta empresa? Dios llamó a los dos, y a los dos encargó el desarrollo de su plan para aquel mundo.

Hoy vivimos en un mundo distinto, con sus complejidades, retos, aflicciones y alegrías, lo que nos toca. Pero el pensamiento de Dios es el mismo. Nos ha enviado como su cuerpo a alcanzar el mundo, comenzando desde nuestro hogar y extendiéndonos a los confines del globo. Un privilegio. Una responsabilidad. Una meta a la que hemos sido llamados en el poder del Espíritu Santo.

No debemos rehusar estar presentes en áreas sensibles. Como agentes de luz, podemos facilitar que las tinieblas se disipen. Lógicamente, esas áreas sensibles como las llamamos: prostitución, adicciones (drogas, sexo, juegos, redes sociales, etc.), familias en circunstancias vulnerables, infraviviendas, etc. han de tratarse con dinámicas apropiadas, siempre en equipos con proyectos transparentes, supervisados y apoyados por la iglesia, haciendo uso del sentido común y compartiendo las ideas con las iglesias locales, organizándose de modo que haya una meta común, servicial, sin buscar engrosar la membresía de “mi” iglesia.

Por tanto, el alcance de nuestra labor servicial como sal y luz es directamente proporcional a la comunión que desarrollemos en el día a día con el Señor. No perdamos de vista el modelo del Siervo. Su calidez y amor a los suyos y a los foráneos sirviéndoles en sus necesidades reales, fue un ejemplo de uno que comenzaba todo servicio acercándose al corazón del Padre.

Somos llamados a servir, especialmente, dónde más nos necesitan

Jesús tuvo la “necesidad” de pasar por Samaria. En su agenda, dictada por el Padre, debía tener un encuentro con una mujer muy necesitada de consuelo y dirección. De la misma manera nuestras agendas particulares que también están diseñadas o preparadas de antemano por nuestro Dios Soberano, nos llevarán hacia las personas que anhelan una respuesta a sus preguntas. Porque la respuesta es Jesucristo. Sólo la bendita persona del Hijo de Dios, sus enseñanzas y hechos, su muerte y resurrección, dan una sólida y contundente respuesta a lo que el ser humano no entiende.

Y eso nos lleva al último apartado.

LA PRIORIDAD EN EL SERVICIO ES DIOS

Efectivamente. Nuestra prioridad en el servicio ha de ser siempre nuestro trino Dios. En nuestra vida de servicio, la presencia de Dios se manifestará en la medida que el Señorío de Cristo sea el resultado de la plenitud del Espíritu, y eso nos lleve a la búsqueda de la honra y glorificación del Padre celestial. Cuando servimos dando la prioridad a Dios desde esta condición de adoración no dudaremos en servir a nuestro amado Siervo y Rey allá donde Él nos pida servir.

Y así, sirviéndole, tomando el testimonio de nuestro Señor y Siervo, no nos afectarán los momentos decepcionantes que el servicio al Maestro pueda traer. Sí, al igual que nuestro Señor, recibiremos mordeduras de aquellos que damos de comer. Todo servicio cristiano ha recibido, recibe y recibirá la ingratitud de los servidos. La cuestión es: ¿vamos a dejar de servir por las muestras de ingratitud? La respuesta es un rotundo no. No debemos dejar de servir, porque haciendo el bien, sin cansarnos, a su tiempo segaremos aquello que sembramos.

Por supuesto que los contratiempos nos hacen sufrir como siervos del Altísimo, pero el sufrimiento es una parte de nuestro llamado.

Servir a Dios en sufrimiento nos ayuda a alcanzar nuestra meta: la obediencia. Un pueblo obediente animará y contrastará al mal de nuestro tiempo: la apatía, y la crisis de compromiso que afecta al cuerpo de Cristo, hasta el punto que desde dentro también sufrimos la incomprensión de muchos que no ven claro o no entienden el valor intrínseco del servicio. La progresión y aumento del pecado (según anticipó por nuestro Señor) puede dar como resultado una merma del amor, afectar nuestro servicio y al testimonio de la Iglesia.

Lo que estamos manifestando ha sido parte de nuestro ministerio. Hemos sufrido de afuera y de adentro. Pero Dios ha sido fiel siempre. Las victorias son del Él y los fracasos y errores nuestros. A Él sea siempre la Gloria. Pero queremos terminar esta exposición con una palabra de estímulo y ánimo a aquellos que lleguen a leer, ver o escuchar nuestra humilde reflexión. Servir en adoración es siempre lo más bello, hermoso y coherente con nuestro llamado.

Que el Señor sea en todos, el Señor.