La Paz más buscada

Es posible que “Imagine” suene como el himno a la paz más reconocido popularmente. Para muchos es como un canto a la utopía inspirador y definitivo. En su letra, se halla la colección de deseos inalcanzables para el ser humano que mayor grado de frustración y melancolía crea en cada uno que lo toma en serio. Hay tantos pensamientos, ilustraciones y comentarios sobre la canción diseminados por todos los medios, que los lectores sabrán encontrar la forma de profundizar en ella, si lo desean. Pero por más que se busque, no habrá manera de encontrar un solo camino que recorrer hacia la paz propuesta. Esa es la indigencia en la que se encuentra cualquier ser humano que busque cómo conseguir el establecimiento de una paz definitiva, absoluta, perpetua. Quizá solo haya uno: olvidar la realidad e imaginar, saltar a por lo inaccesible, subir a un nivel de conciencia líquida en el que los sueños parecen reales, así que podría parecer más racional bajar a la arena y asumir que la paz más buscada es inalcanzable.

Aunque se atribuye popularmente a Julio César, fue Vegecio (Flavio Vegecio Renato), quien en su tratado De re militari escribió aquello de «igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum» – Libro 3, prefacio- («así que quien desee la paz, que prepare la guerra»). La conclusión a ese prefacio cargado de sentido común y realismo es quizá más lúcida que la famosa frase que la precede. Dice algo así: “nadie osa ofender o insultar a una potencia de reconocida superioridad en el combate.”

Y es que, desde los más feroces depredadores del reino animal hasta las muy sofisticadas naciones del planeta, todos se arredran ante un vecino con apariencia de mayor capacidad ofensiva. La exhibición de fuerza y poder impone la paz por temor, como hasta nuestros días occidentales desde la segunda guerra mundial. Han bastado unas pocas semanas, por largas que les hayan parecido a las víctimas de la invasión de Ucrania, para que todos nos cuestionemos si la paz y las armas se repelen mutuamente. Quizá tengan que permanecer mucho más cerca entre sí de lo que imaginábamos.

El rechazo a la guerra y las armas se fue extendiendo entre buena parte de las generaciones nacidas después de los años 60, hasta producir movimientos antibelicistas de mucha influencia en la política exterior de las grandes potencias occidentales. Sin embargo, una vez iniciada esta guerra, sus servidores fueron en aumento, sus adeptos se multiplicaban, los bloques se rearmaron, las posiciones se van enquistando y ya solo es cuestión de esperar a que uno de los bandos prefiera la vergüenza de ceder a la fuerza del otro antes que la desaparición por aniquilación. Los combatientes, por un tiempo, volverán a vivir sin guerra, hasta que uno de ellos empiece a sentir que es más poderoso que el otro e intente dominarlo de nuevo. Y a esos períodos intermedios, durante mucho tiempo se les ha llamado paz.

Paz es a lo que todos aspiramos también de forma individual, en todos los niveles de nuestra existencia. Un estado de seguridad que añoramos, como si lo hubiésemos conocido un día y perdido para siempre. Por eso Paz es una palabra tan corta como evocadora y merece tener una definición que vaya más allá de la conocida “ausencia de guerra”, tan escasa e impotente. Paz es el dominio de la reconciliación sobre el conflicto, paz empieza con “p” de “perdón” y termina con “z” de “juez”, como el evangelio: El perdón del Juez.

El Creador es poder infinito, fuerza demoledora, no aparente sino real, con todo el derecho a hacerse respetar e imponer su voluntad e imperio por temor. Además, su santidad no es compatible con ninguna forma de error, pecado o carencia, por lo que todos y cada uno de sus pensamientos sobre nuestras acciones son juicios justos que nos condenan con total acierto. Así es como se describe la situación del ser humano en las Escrituras: inferior, equivocado, destituido, condenado y algo peor: rebelde, soberbio y orgulloso de haber sido engendrado por el azar. Incapaz de detectar a su Creador y vivir en armonía con su prójimo. Haciendo sacrificios humanos al dios de la guerra cada vez que se le antoja, como si derramar la sangre de los muertos de las guerras fuese a servir a un bien superior. La historia ha demostrado que todos tenemos la misma capacidad de agresión y fracaso cuando actuamos como la masa sin ley. Nos horrorizamos de las bombas, pero llevamos el conflicto en nuestro ADN. Solo hay que darnos las armas y la impunidad necesarias. Así que realmente hemos podido acumular causas en nuestra contra como para ser borrados del mapa, sin que a nadie le deba extrañar.

Sin embargo, de forma inexplicable, en lugar de actuar en consecuencia con lo merecido, nuestro Padre celestial, puro Amor incondicional, alzó la voz y gritó desde el cielo en el idioma de paz, en lenguaje humano, en carne de criatura, por medio de Jesús, el príncipe de Paz, quien dejó su vida en la cruz, como ofrenda de paz definitiva y perfecta. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados (Is.53.3). Hasta tal punto, que la vida le fue restituida y su condición humana se elevó hasta hacerle de nuevo igual a Dios, como lo fuera antes de ser enviado.

Inexplicable, pero cierto. Paradójico, pero ocurrió de verdad. No fue un sueño, ni hubo que imaginarlo. Es la noticia urgente que la iglesia de Jesucristo tiene para este mundo: la paz más buscada es personal, es la reconciliación con el Padre por medio del Hijo. ¡Qué Mediador perfecto! ¡Qué mensaje de paz!

¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: Tu Dios reina! (Is. 52.7)

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