La ira de Dios

Por : David Vergara

Definición

C.H. Dodd define la ira de Dios así: “La ira es el efecto del pecado humano; la misericordia no es el efecto de la bondad humana, sino que es inherente al carácter de Dios”. Hay una causa, el pecado, y la consecuencia es la reacción de Dios al despertar su ira.

La ira de Dios es un tema del que se habla poco, pero Dios revela en su palabra que la ira le pertenece y se debe a la maldad humana en contraste con su santidad, Dios repudia el pecado. Es un tema tan importante que, si revisamos algunas concordancias, encontraremos más referencias a la ira que al amor de Dios.

La doctrina bíblica sobre la ira de Dios la encontramos en Romanos 1:16-19: Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá. Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó.

De este modo, vemos cómo Pablo habla de un evangelio en el que la justicia de Dios se revela por fe y para fe (17) y donde también la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad (18). Hay un conflicto, o un combate de hombres injustos que pelean intentando detener la justicia divina por causa de su maldad e impiedad, pero hay hombres que por fe, alcanzan la justicia de Dios y viven para fe como explica el profeta Habacuc (Hab. 2:4).

Lo que el texto de Romanos, muestra es una revelación de parte de Dios para entender quién es él y también el hombre que por causa de su pecado se enfrenta con un Dios justo y santo. Ante la maldad e injusticia, Dios reacciona como el fósforo blanco que se enciende en contacto con el oxígeno. Es algo que ocurrirá siempre debido a la naturaleza de un Dios santo que aborrece la impiedad.

La paciencia de Dios

Pablo y Bernabé en Listra le explican a una multitud que hasta ahora el Dios vivo al que anuncian hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay. Por otro lado, en las edades pasadas ha dejado a las gentes andar en sus propios caminos (Hch. 14:14-16). Dios ha sido paciente y no ha ejecutado su castigo sobre esta humanidad por causa de su pecado, dando la oportunidad de arrepentirse como el mismo Pedro explica al decir que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. Sin embargo, la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas en la venida de Dios con el fin de dar lugar a cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia (2ª P. 3:9-13).

En relación a la argumentación de la epístola a los Romanos donde Dios anticipa su juicio sobre la humanidad antes del juicio final (Ro. 1:28), un corazón que no se arrepiente atesora ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia, dado que al igual que ocurrió con faraón cuando Dios endureció su corazón confirmando su desobediencia, Dios respeta el libre albedrío humano (Ro. 2:5-8; Ex. 14:4). En cuanto a esto, no olvidemos que no arrepentirse es un acto de desobediencia, dado que Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos (Hch. 17:30-31).

El carácter de Dios

Tal y como dice R.V.G. Tasker en su libro La ira de Dios (EEE), Dios es eterno y perfecto. Su ira no es una emoción pasajera, sino que responde siempre a un propósito fijo y a un designio” (p. 13), no como ocurre en el hombre cuyo enfado, suele depender de sus emociones y circunstancias y que en muchos casos reacciona injustamente como vemos en la parábola del hijo pródigo cuando el hermano mayor “estaba enojado con quienes no debía, cuando no debía, y por las razones que no debía” (Lc. 15:28-32, p. 14). Jesús mismo aclara que en el corazón de Dios no hay un deseo de castigar continuamente, sino de perdonar y aceptar con gozo al pecador arrepentido.

Moisés nos dice que el impío que no ha conocido a Dios vive expuesto a la ira de Dios por causa de sus maldades, y así los años se pasan ofendiendo a Dios: Porque con tu furor somos consumidos, y con tu ira somos turbados. Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro. Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un pensamiento (Sal. 90:7-9). Por causa del pecado vino el juicio sobre Sodoma y Gomorra, dado que cuando el hombre no busca a Dios, vive sumido en su pecado ofendiéndole como ocurrió también en tiempos de Noé cuando se anticipó el juicio sobre los hombres a causa de su maldad al igual que en el primer capítulo de la epístola a los Romanos o después en el libro de Apocalipsis con una secuencia de juicios. El apóstol Pablo expresa lo que Charles Hodge parafrasea, para que lo entendamos mejor: “Como ellos no aprobaron a Dios, Dios los entregó a una mente que nadie podría aprobar” (Ro. 1:28). Lo demás es una cascada de decisiones depravadas hasta el desastre final por causa de una moralidad y mente desviada hacia el mal. Es decir, hay una causa y un efecto inevitable.

Hay esperanza

Los hombres son vasos de ira preparados para destrucción, pero pueden convertirse en vasos de misericordia por la gracia de Dios (Ro. 9:22-23). Pablo recuerda esto al decir que cuando estábamos muertos en delitos y pecados, éramos hijos de ira, lo mismo que los demás, pero Dios nos dio vida (Ef. 2:1-3). Dicho de otro modo, no vivir conforme a las demandas de la justicia divina incumpliendo la Ley de Dios, produce ira, por lo que es necesario ser justificados por medio de la fe (Ro. 4:15-16).

Justificados pues por la fe por medio de la sangre de Cristo, quien satisfizo las demandas de la justicia divina, seremos salvos de la ira (Ro. 5:1-2; 9). De otro modo, ¿Quién podrá estar en pie delante de ti cuando se encienda tu ira? Pero Dios se levantó para juzgar y salvar a todos los mansos de la tierra (Sal. 76:7-9).

El hombre tiene un problema mayor que sus propios desvaríos, está expuesto al juicio de Dios, y solo hay salvación por medio de su ungido, el Mesías, tal y como dice el profeta: Con ira hollaste la tierra, con furor trillaste las naciones. Saliste para socorrer a tu pueblo, para socorrer a tu ungido (Hab. 3:12-13a). Rechazar al Mesías como ha ocurrido con el pueblo judío, tiene graves consecuencias porque afecta a la predicación del evangelio de salvación. Dios aborrece de forma extraordinaria la oposición a la proclamación de la buena noticia de salvación: Así colman ellos siempre la medida de sus pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo (1 Ts. 2:14-16). En esto los tesalonicenses habían dejado los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero esperando a Cristo, quien nos libra de la ira venidera (1 Ts. 1:9-10). Si tenemos dudas para identificar qué es la ira venidera, Pablo lo explica más adelante al hablar de la esperanza de la salvación como yelmo: Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts. 5:8-9).

Perspectiva escatológica

En el Antiguo Testamento se habla del día del Señor (Is. 13:6-16), día de juicio, el día ardiente como un horno, donde todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Yahveh de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama. Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada (Mal. 4:1-2).

En el libro de Apocalipsis nos trasladamos a los acontecimientos que tienen que ver con el día del Señor y nuevamente surge la pregunta del salmista ante aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero, porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie? (Sal. 76:7; Ap. 6:16-17).

El cordero de Dios quita el pecado del mundo en su función expiatoria (Jn. 1:29) al morir en propiciación por nuestros pecados (Ro. 3:24-26; 1 Jn. 2:2). Al mismo tiempo, el Cordero es aquel por medio del cual la ira de Dios será derramada sobre la humanidad como juicio previo al final, por lo cual nadie más puede tomarse venganza al corresponderle sólo al Cordero de Dios ejecutar los juicios de los que algunos querían escapar de una forma litúrgica como anuncia Juan el bautista, al entender que los líderes religiosos querían huir de la ira venidera (Lc. 3:7-9; Ro. 12:19). Esto ocurre en nuestros días, cuando se bautizan niños en algunas religiones como si fuese una vacuna para librarse del juicio final. Por otro lado, conviene no olvidar que el Cordero de Dios también es el León de la tribu de Judá (Ap. 5:5), aquel que tiene la autoridad para desencadenar ayes y juicios. Las copas de la ira de Dios dependen del Cordero, tras beber la copa que le llevó a la cruz, donde la ira de Dios recayó sobre él al sustituirnos por causa de nuestro pecado (Lc. 22:42).

La tierra será segada y se convertirá en un lagar donde echar las uvas, el lagar de la ira de Dios (Ap. 14:19). Las plagas se sucederán, las copas de la ira se derramarán sobre la tierra y Babilonia como representación de un sistema de maldad anticristiano opuesto a Dios. Anteriormente mencionamos la oposición continua del hombre (Ro. 1:18), y este sistema caerá al darle el cáliz del vino del ardor de su ira (Ap. 16:19).

La autoridad del Cordero es clara: De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso (Ap. 19:15).

Conclusión

Ante estas escenas, el apóstol Pedro nos señala la forma de esperar en Cristo: “Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz” (2 P. 3:13-14). Muchos intentarán engañarnos para vivir de forma pecaminosa, pero por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia (Ef. 5:6-7).