La antesala de la cruz en la literatura sapiencial

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Por : David Vergara

La literatura sapiencial incluye los libros de Job, Proverbios y Eclesiastés, aunque también encontramos algunos salmos “sapienciales” (27, 36, 37, 49, 73, 78, 112, 127, 128 y 133), como define José Hutter (1).

Los libros sapienciales llegaron a tener una gran relevancia en Israel. Los “sabios” entre el pueblo, fueron personas que eran valorados como los profetas y sacerdotes. No eran intérpretes de la Ley, ni tampoco recibían revelación de parte de Dios, sino que reflexionaban sobre los aspectos prácticos de la vida y la piedad. El profeta Jeremías reconoce a los sacerdotes, profetas y sabios entre el pueblo: “…la ley no faltará al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta” (Jer. 18:18). Esto concuerda con la clase de libros reconocidos en Israel como son la Ley (Pentateuco), los Profetas y los Escritos. Estos últimos, contienen el resto de libros no incluidos en las categorías anteriores y donde predominan los Salmos. No en vano el texto de Lucas en el camino de Emaús, en la enseñanza de Jesús, relata que “comenzando desde Moisés (la Ley), y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lc. 24:27). Los géneros literarios están definidos, y todo apunta al Mesías, sin el cual la enseñanza del Antiguo Testamento es estéril.

José Grau explica que en la Grecia clásica, los sofistas “hablaban por hablar”, como vemos en Ec. 6:11: “las muchas palabras multiplican la vanidad”, o como decía Hamlet: “palabras, palabras, palabras… nada más que palabras”, es decir, nada. Al comentar Eclesiastés 6:8, donde leemos: “¿qué más tiene el sabio que el necio?”, Grau dice que “el sabio -en sentido bíblico- no es simplemente el que amontona conocimientos. Este sería el erudito. El sabio bíblicamente entendido es el que sabe vivir, es decir, asumir su condición y tratar de andar conforme a la voluntad del Señor, en el temor del Señor. De ahí que el principio de la sabiduría sea el temor de Yahweh (Pr. 1:7)” (2). El sabio es aquel que recibe de la mano de Dios todo lo que le envía, y es capaz de valorarlo y disfrutarlo.

Los israelitas no realizaban filosofía especulativa como los griegos, sino que buscaban cómo hacer las cosas bien para agradar a Dios, tener fruto siendo prácticos, y conocer las consecuencias del pecado. Hay palabras comunes en hebreo como “ketcher”, “hokhamah” y “binah” que significan “corona suprema” de Dios, “sapiencia” o idea primordial de Dios, e “inteligencia” de su parte, que implica el uso del sentido común con discernimiento para solucionar los problemas de la vida diaria.

Dos enseñanzas sapienciales

Por este motivo, en primer lugar, una de las lecciones fundamentales de estos libros es no separar lo espiritual de lo material, o lo religioso de lo secular. Dicho de otra manera, la ley moral revelada por Dios debe encarnarse en nuestra vida y mostrarse en toda nuestra conducta. El problema es que no siempre nos comportamos como “sabios”, pero si conocemos las Escrituras es una necedad, tal y como expresa el apóstol Pablo: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios” (Ef. 5:15).

En segundo lugar, otra lección fundamental de la literatura sapiencial es arrojar luz sobre cuestiones que muestran el carácter progresivo de la revelación bíblica, donde surgen preguntas propias de la existencia humana que finalmente sólo Cristo, la última revelación de Dios al hombre, dará a conocer. El sentido de la vida, el misterio de lo que hay más allá de la muerte, conocer a Dios en lo íntimo, cómo ser justificado ante él, descubrir su voluntad, son cuestiones que, aunque en muchos casos brotan con fuerza en la literatura sapiencial, finalmente encuentran su eco en el Nuevo Testamento, especialmente en las declaraciones de Jesucristo.

Conexiones bíblicas

En relación a Job, Proverbios y Eclesiastés, el libro de Proverbios trae una perspectiva positiva y cierto optimismo para el que obre con sabiduría en el temor de Dios, a diferencia del necio. Sin embargo, apreciamos cierto pesimismo en Eclesiastés, y de alguna manera, ambos libros se complementan hasta encontrar un equilibrio en la forma de enfocar la vida. Por otro lado, Job nos trae la experiencia dramática de vivir como hombres piadosos y nos deja perplejos porque precisamente, al hacer las cosas conforme a la voluntad de Dios, aparentemente todo se tuerce y la angustia forma parte del cuadro humano. Pero esto no es más que un preludio de lo que ocurrirá siglos después con la venida de Jesucristo, tal y como vemos en Getsemaní.

Una cuestión fundamental es que la Palabra de Dios supera cualquier intento humano por compilar preceptos para una vida ordenada, dado que, si trata sólo de estructurar ciertas normas, falta el sentido de la misma. Dios debe presidirlo todo porque es el único trascendente, nuestras vivencias en ocasiones son trascendentales para nosotros, pero tal y como afirma R.C. Sproul: “La palabra trascendencia literalmente significa escalar a través de. Se la define como -exceder los límites usuales-. Trascender es elevarse por encima de algo, ir por encima y más allá de un cierto límite. Cuando hablamos de la trascendencia de Dios estamos hablando de aquel sentido en el cual Dios está por encima y más allá de nosotros. Traten de alcanzar su suprema y absoluta grandeza. La palabra es usada para describir la relación de Dios con el mundo. Él es más alto que el mundo. Tiene poder absoluto sobre el mundo. El mundo no tiene ningún poder sobre Él. El vocablo trascendencia describe a Dios en su majestad consumidora, en su elevada excelsitud. Señala la infinita distancia que separa a Dios de toda criatura. Él sobrepasa infinitamente a todo lo demás” (3).

Sólo Dios es aquel a quien no podemos explicar, quien es Creador de todo y trasciende a la observación especulativa del hombre. Dios es libre y soberano, perfecto en sus atributos y su obra en el plan de redención humana no puede ser medida siendo hombres con una perspectiva temporal limitada. Es la vida eterna la que nos permite mirar hacia el futuro, más allá de nuestra experiencia humana.

La aparición de Job en la historia

Job es un personaje histórico, tal y como refrenda el profeta Ezequiel, al mismo nivel espiritual que Noé y Daniel (Ez. 14:12-14; 20), como también se reconoce en el N.T, dado que su ejemplo en medio del sufrimiento, nos ayuda a entender también quién es Dios mismo: “muy misericordioso y compasivo” (Stg. 5:11). Job pertenece a la tierra de Uz (Job 1:1), posiblemente un lugar de Arabia, lindando con Edom, dado que su amigo Elifaz era temanita, de Temán, pueblo conocido como “centro de sabiduría” en la tierra de los descendientes de Esaú. El libro es totalmente monoteísta y al referirse a Dios se usa sobre todo el nombre de “Elohim”, aunque también se utiliza “Yahweh”, por lo que es una época en la que todavía había descendientes de Sem que no se habían contaminado con el paganismo y buscaban a Dios con elevado deseo. Parece anterior a la formación de los grandes imperios mesopotámicos y el contenido de su libro era conocido en la edad de oro de la literatura hebrea en tiempos de David y Salomón, donde se recopilaron diferentes géneros sapienciales.

Como sabemos, Job es un luchador frente a los ataques de Satanás, pero lo más difícil es librar una batalla sin saber quién es tu enemigo, ni tampoco la causa de la misma. Un combate a ciegas deja a Job tan sólo con su fe en el Dios que ha conocido frente a los desastres que derrumban su hogar y todo lo que ha vivido hasta ese momento. Si Job supiese el porqué de todo, tendría más posibilidades de enfrentar la situación, pero el problema y su solución permanecen en la más absoluta ignorancia, mientras Job tiene claro el gobierno providencial de Dios.

Sus amigos fracasan una y otra vez al realizar el análisis de la situación y sus causas sin saberlo; mientras se muestran eminentemente científicos a la hora de establecer una causa y efecto, si Job tiene un problema, debe formar parte de la causa. De no ser así, qué sentido tiene, dado que Dios es justo: “¿Acaso torcerá Dios el derecho, o pervertirá el Todopoderoso la justicia? Si tus hijos pecaron contra Él, Él los echó en el lugar de su pecado. Si tú de mañana buscares a Dios, y rogares al Todopoderoso; si fueres limpio y recto, ciertamente luego se despertará por ti, y hará próspera la morada de tu justicia” (Job 8:3-6).

Precisamente, en un salmo sapiencial, Asaf casi pierde la cordura al ver la forma en la que los impíos prosperan, lo cual parece un contrasentido a la luz del antiguo pacto que se establecerá en Sinaí. El autor siente una tremenda amargura y ataques de ansiedad con punzadas en el corazón fruto del estrés, y su torpeza y necedad se hicieron evidentes al comportarse como una bestia (Sal. 73:21-22). El motivo fue ver que los impíos de corazón prosperan, sin congojas por la muerte y su vigor íntegro, sin enfermedad alguna (Sal. 73:4). Parece que a diferencia de lo que se piensa en muchos círculos evangélicos al interpretar Isaías 53:4, donde se dice que Él llevó nuestras enfermedades en la cruz, y por tanto, sólo pueden padecer los que han cometido algún pecado, pero este salmo, muestra justo lo contrario. Asaf entendió en el santuario el fin de ellos (Sal. 73:17), lo terrenal es lo único que tendrán y luego será arrebatado y el dolor, y sufrimiento, puede ser la experiencia de los piadosos en los designios de Dios como le ocurre a Job.

La necesidad de árbitro.

Job ya no puede más, y reconoce la necesidad de un mediador, un árbitro entre sus amigos y Dios que sea verdaderamente imparcial y con la sabiduría necesaria para intervenir por conocer los entresijos de la situación (Job 9:32-35). Se trata de buscar a alguien capaz de manifestar a Dios “que no sea un hombre como él”, y al mismo tiempo estar en contacto con el hombre. Ernesto Trenchard concibe que se necesita un hombre que esté en el secreto de Dios, con un vínculo total con él y autoridad para hablar: “Pese a sus atrevidas expresiones, Job intuye la necesidad del Mediador entre Dios y el hombre, que necesita ser Dios-Hombre, con enlace vital y real con la raza sin dejar de ser Dios. Siglos habían de pasar antes de que el Verbo eterno se hiciera carne, pero sin saberlo Job, el más profundo anhelo de su corazón ya había hallado su respuesta y satisfacción en los designios del Todopoderoso” (4). Es decir, hay una aspiración (hablando en voz alta) de humanación del Dios-Hombre, quien en la historia no sólo es el único mediador entre Dios y los hombres, sino que lo es, tras darse a sí mismo en rescate por todos (1 Ti. 2:5).

Job tiene clara la necesidad de un árbitro que tendrá que evaluar tres cuestiones para las que no hay respuesta y que indican que el hombre no puede justificarse a sí mismo, lo cual, afecta a la eternidad como vemos en el capítulo 14:

  1. V. 4. ¿Quién hará limpio lo inmundo? Nadie.

  2. V. 10. Perecerá el hombre, ¿y dónde estará él?

  3. V. 14. Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?

En estas frases vemos lo que más preocupa a Job, y no es su estado de salud, como dice Spurgeon al comentar el Salmo 25:18: “Bienaventurado el hombre para quien el pecado es más insoportable que la enfermedad” (5).

La experiencia personal trasciende

En el capítulo 19, Job describe sus pruebas desde un punto de vista personal al igual que encontramos con los autores de los Salmos, especialmente David. En esta situación, siempre es una ayuda inestimable la empatía de los que nos rodean, y la identificación de nuestros hermanos, pero en el caso de Job, no fue así, y nos encontramos con un hombre piadoso completamente solo como también lo fue Cristo en la cruz exclamando al Padre: “Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado” (Mt. 27:46). Sin embargo, el autor de Hebreos, nos enseña que acudió a la cruz por el gozo puesto delante de él como autor y consumador de la fe, menospreciando el oprobio y nos exhorta a que nuestro ánimo no se canse hasta desmayar (He. 12:1-3).

Finalmente, Job, en medio del oprobio, con acusaciones injustas que se repiten, con fe muestra su esperanza en algo que para nosotros parece inexplicable, pero que es fruto de la íntima relación con Dios. Si para Abraham al entregar a Isaac, la esperanza era la resurrección pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos a su hijo (He. 11:19), llegamos al momento de una declaración que Job quiere quede esculpida en piedra por toda la eternidad: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro. Aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19:23-27).

Sus amigos le abandonan, pero su Redentor vive para siempre y le levantará de entre los muertos. El concepto de Redentor o “goel”, que significa “pariente más cercano”, en la ley implica que éste tenía que vengar la sangre de la persona muerta con violencia (Núm. 35:9-34). Más que Redentor, se trataría de un Vindicador que administre la más perfecta justicia, y esto en las Escrituras se da en Cristo, a quien corresponde el juicio (Jn. 5:26-27). En Job el futuro no es dudoso, aunque parezca que lo ha perdido todo, su fe en aquel que le vindicará con la esperanza del creyente que es la resurrección, se ha fortalecido en medio de la adversidad.

El corazón del libro de Job

Sin embargo, lo más grande está por llegar, y lo encontraremos en el capítulo 28 de Job, conectando con Proverbios y Eclesiastés. Parece que Salomón, se apoyó en este pasaje para situar el concepto también en el corazón del libro de Proverbios, al hablar de la sabiduría en los capítulos 8 a 9.

Tal y como afirman Keil y Delitzsch en su comentario sobre Job (6), desde una perspectiva de conjunto, conforme a la estructura del libro, el capítulo 28 es la bisagra que une sus dos partes, la primera mitad de la exposición y la segunda del desenlace, donde el autor ha colocado la sentencia: “El temor de Dios es el principio de la Sabiduría” (Job 28:28).

Job nos traslada a las entrañas de la tierra en una exposición sobre la minería en el mundo antiguo realmente inigualable, aunque nuestra versión de la Reina Valera del 60, no lo ilustra tanto como la Versión Moderna del misionero H.B. Pratt de 1893. La pregunta que nos hacemos es ¿Cómo es posible que Job pueda entender tanto sobre minería de una forma tan excelente si no se dedica a ello? El texto de Job 28:3-7, según leemos en esta versión, dice: “3. El hombre pone término a las tinieblas, y hasta los últimos confines escudriña las piedras que están en densas tinieblas y sombra de muerte. 4. Rompe para sí socavón, lejos de habitación humana; olvidados de los que pasan, se descuelgan allí los más pobres de los hombres, columpiándose de una parte a otra. 5. La tierra, de donde sale el pan, por debajo está revuelta como por fuego. 6. Sus piedras son el lugar de los zafiros; ella contiene polvo de oro. 7. Esa senda no la conoce ave de rapiña, ni la ha visto ojo de halcón; 8. No la han pisado las bestias soberbias, ni pasó jamás por ella león rugiente”.

La densa oscuridad, las tinieblas y sombra de muerte, el león rugiente, todo evoca la cruz, pero lo llamativo es que al extraer el precioso mineral hay algo más precioso que lo forjado en las entrañas de la tierra, más allá del sepulcro, y es la sabiduría, mejor que todas las piedras preciosas (Job 28:18). La cuestión es cómo hallarla estando encubierta de todo viviente (Job 28:21).

Hay dos espectadores que se preguntan lo mismo y son el Abadón o la destrucción y la muerte, quienes han oído hablar de ella, pero no han sido honrados con su visita (Job 28:22). De hecho, en Eclesiastés el que busca la sabiduría reconoce que en ellos tampoco se puede encontrar porque en el Seol, no hay cursos bíblicos para los muertos, ni nada que merezca la pena, aunque haya tanto espiritismo en nuestros días, dado que “no hay planes, ni conocimiento, ni sabiduría” (Ec. 9:10). No obstante, finalmente recibirán un golpe definitivo anunciado por Cristo mismo posteriormente: “Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo” (Ef. 4:8-10).

La sabiduría en el corazón de Proverbios

En Proverbios se ensalza la sabiduría y la forma de encontrarla está en Dios, dado que el principio de la sabiduría es el temor de Yahweh (Pr. 1:7). Dios da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la inteligencia. Él provee de sana sabiduría a los rectos (Pr. 2:6-7). Nuevamente en el corazón de este libro hay una personificación de la sabiduría que enlaza con el logos, el verbo de Dios, tal y como vemos en el prólogo del evangelio de Juan. Aquel que encarna la sabiduría es el Eterno, ésta es engendrada antes que la creación (Pr. 8:23-24). La sabiduría crea el mundo (Pr. 8:30, cp. Juan 1:1-5), y el que la halle, hallará la vida y alcanzará el favor de Yahweh, pero el que la rechaza y peca contra ella, ama la muerte (Pr. 8:35-36).

Precisamente el autor de Hebreos, muestra al Hijo, quien con sabiduría “ha hablado”, porque finalmente Dios se ha revelado al hombre “en Hijo”, pero teniendo en cuenta que siendo Dios mismo, ha efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo (He. 1:3). Además, el que habla, al igual que la sabiduría en Proverbios, ha sido engendrado o declarado adecuado por su esencia para su misión con su victoria tras la resurrección (He. 1:5). No sólo esto, sino que ha destruido por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, el león rugiente, en su propio terreno, las tinieblas del sepulcro, las profundidades de la tierra (He. 2:14), tal y como hemos considerado en Job (He. 2:14).

La intercesión de Job mediante sacrificios

Para terminar, Dios se dirige a Elifaz como representante de los tres amigos de Job, sin mencionarse a Eliú, quien parece se acercó con un deseo real de entender a Job, y tienen que reconocer su pecado, pero no es suficiente (Job 42:7-9), era necesaria la mediación con oración y sacrificios. Job aceptó la misión de presentarse con el oficio reconocido en su familia o tribu de patriarca-sacerdote como lo era Melquisedec, con el fin de interceder ante los que necesitaban su ayuda para obtener el perdón de Dios. Indudablemente, esta mediación nos lleva nuevamente a quien tiene un sacerdocio inmutable, por el cual puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (He. 7:24-25). Este sumo sacerdote también luchó en el campo de batalla orando al Padre: “ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente… y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec” (He. 5:7, 10). Ese santo temor, es el principio de la sabiduría.

Los votos desde la eternidad

El sabio dice que no nos apresuremos a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra, a lo que añade: “cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque Él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes” (Ec. 5:2-4). Aunque no es un salmo sapiencial, encontramos votos que van más allá de la experiencia humana y que nos afectan a todos, cuando la Escritura dice: “No menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó. De ti será mi alabanza en la gran congregación; mis votos pagaré delante de los que le temen” (Sal. 22:24-25). Otra vez nos encontramos con el temor del Señor en los que le temen, la verdadera sabiduría, pero además a la luz de promesas cumplidas por el Hijo, votos realizados desde la eternidad que se cumplieron en la cruz teniendo en cuenta que el Cordero de Dios fue destinado antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de nosotros (1 P. 1:20; Ap. 13:8).

Pablo dice en Corintios: “Por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Co. 1:30-31). De esta forma, podemos entender cómo todo está ligado en Cristo, el Verbo de Dios, la sabiduría que siendo Dios, se hizo hombre, pagando sus votos en aquella cruz de juicio para justificarnos, santificarnos y comprarnos para siempre.

En la cruz el Verbo de Dios, el único que tenía derecho a hablar, enmudeció y no abrió su boca por amor de nosotros (Is. 53: 7). A Él sea la gloria. Amén.

Notas:

  1. Introducción a los Salmos. José Hutter. Editorial Mundo Bíblico. Las Palmas de Gran Canaria. 2008, p. 262.

  2. Debajo del Sol. El mensaje de Eclesiastés. José Grau. Editorial Peregrino. Moral de Calatrava. 2018, pp. 133-135.

  3. La santidad de Dios. R.C. Sproul. Editorial Unilit, Miami. 1991, p. 44.

  4. Introducción a los libros de Sabiduría y Job. Ernesto Trenchard. CEFB. Madrid. 2015, pp. 80-81.

  5. El tesoro de David (I). Clásicos evangélicos. C.H. Spurgeon. CLIE. Terrassa. 1989, p.199.

  6. Libro de Job. Comentario al texto hebreo del A.T. C.F. Keil y F.J. Delitzsch. CLIE. Viladecavalls. 2021, p. 455.