El Legado

Por : Eliseo Casal
COAHES – SUMA – UNIDAD
Esta es una adaptación de la Conferencia dictada en noviembre 2024 en el contexto del encuentro de las Asambleas de Hermanos de España.
El legado: el plan, el problema, el pegamento
INTRODUCCIÓN La unidad, un legado
Hablar de la unidad cristiana es tratar un tema realmente hermoso e impresionante. La experiencia de cuantos han tenido la oportunidad de trasladarse a otra ciudad o país y visitar por primera vez alguna iglesia ha sido la percepción de sintonía, hospitalidad, amor, la cercanía y «conexión». A pesar de las diferencias culturales, étnicas, compartimos algo común que nos aproxima y hace que no seamos totalmente «extraños»: nuestra fe en Cristo nos ha hecho parte de un mismo cuerpo y lo «notamos».
Este vínculo especial es un legado, no es algo que nosotros podamos alcanzar, no es posible por medio de una estrategia humana, ni se sustenta en un deseo humano, es una realidad conseguida por Cristo en la cruz (Ef. 2:14, 16) «Porque de ambos pueblos hizo uno… y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos (judíos y gentiles)». La cruz es reconciliación, nueva relación, comunión, unidad: La unidad no es un trabajo que Jesús nos haya encomendado es un legado que nos ha dejado, y debemos cuidar.
EL PLAN: El proyecto de Cristo
Unidad y Trinidad
Esta unidad es parte esencial de su plan y programa de edificar su Iglesia, la comunidad de sus discípulos, el pueblo de Dios que Él ha ganado para sí por la obra de Cristo para que den testimonio al mundo por medio de su vida y palabras.i
Que la unidad es el deseo ferviente de Jesucristo, queda expresado con claridad en la oración que eleva al Padre, teniendo en el horizonte la visión de la muerte en cruz (Jn 17), y en la que incluye su intercesión en favor de los que han de creer y su petición por la unidad de estos.ii Esta unidad tiene tanto un propósito misional (v. 18), así se enfatiza en los versos (v. 21, 23) «para que el mundo crea», como ser expresión de la comunión intratrinitaria «para que sean uno, como tú, oh Padre, en mí y yo en ti» (v. 21, 22). Esta es la vocación del pueblo de Dios, un pueblo que él ha rescatado para que sea un testimonio entre las naciones.
La unidad y la trinidad
Por ello, la falta de unidad es un grave síntoma de déficit espiritual que afecta tanto a la vida de la iglesia como a su testimonio. La exhortación de permanecer en Cristo (Jn. 15:4) implica necesariamente la comunión con el Padre y mantener la unidad con los hermanos. La cuestión para Juan es clara al vincular la relación con Dios con la relación y amor hacia los hermanos (1Jn 4:7-8).
La unidad, elemento fundamental para la misión
La unidad se sitúa como elemento fundamental para la misión de la iglesia en el mundo ya que es elemento necesario para la credibilidad del mensaje proclamado. En esto insiste Jesús por dos veces, como se ha indicado anteriormente.iii
La unidad se enmarca en un patrón de vida en comunión con Dios. El “como tú, oh, Padre, en mí” nos indica que la relación que sostenía la vida y el ministerio de Cristo es la que debe sostener también a los creyentes. Por eso, la primera preocupación de Jesús y su petición respecto a sus seguidores, es que sigan estando unidos (17:11), al igual que él disfruta de la unidad e intimidad con el Padre.
La unidad está en relación estrecha con el conocimiento de Dios y el amor (Jn. 17:26) y se da como legado de Jesús a los discípulos de todo tiempo. El momento de esta declaración es importante: es el tiempo de su vuelta al Padre (Jn. 17:4-5) pasando por el calvario, resucitando y siendo exaltado a la diestra de Dios.
La gloria y la unidad
Encontramos en este contexto una frase llamativa: «La gloria que me diste les he dado» (Jn. 17:22). ¿Qué significa?
Al examinar la expresión en el evangelio de Juan vemos que manifiesta la relación filial de Jesús con el Padre (Jn 1:14) y que se expresa en el carácter: «lleno de gracia y de verdad» que se refleja en toda la vida de Jesús. Ambas son importantes, gracia y verdad van de la mano. Nuestra filiación divina (Jn. 1:12), poder ser llamados «hijos de Dios», se debe mostrar igualmente en nuestro carácter, de forma que nuestra conducta, palabras y estilo de vida glorifique a Dios (Mt 5:16).
Pero sigue sin respuesta ¿qué significa que nos da la gloria que se le otorgó a Cristo? Debemos volver de nuevo al contexto del evangelio de Juan. Brevemente, señalaré que, en ocasiones, el evangelio se ha dividido en dos partes principales: el libro de las señales,iv la primera parte del evangelio, y el libro de la gloria (cp. 12-20). En esta segunda parte encontramos la declaración de Jesús (Jn 12: 32-33) que apunta a su exaltación, «levantado de la tierra», en la cruz. Es la cruz el lugar de redención y atracción. Si la gloria en el Antiguo Testamento era la manifestación visible de la majestad de Dios, en Cristo ésta se revela de forma especial en su entrega por los pecadores. El amor, la gracia, la justicia, la misericordia se dan en el acto voluntario de la entrega. La cruz es el lugar de obediencia, sumisión y humildad. ¿No nos dice esto mucho de la gloria que nos ha sido concedida?v
La concreción de la unidad
¿Qué es o de qué hablamos cuando decimos “la unidad de la iglesia”? ¿Unidad espiritual? ¿Unidad práctica? ¿Cómo lo vivió la primera iglesia?
La carta a los Filipenses responde a estas preguntas (Fil 2:1-5) y de ella podemos extraer al menos tres ideas relevantes: En primer lugar, la unidad requiere tener «una misma mente» (2:5). No significa pensar exactamente igual. El concepto detrás de la expresión tiene que ver con actuar como Cristo actuaría, es la actitud y disposición mental que mostró Cristo, como muestran los versos siguientes.
En segundo lugar, es priorizar lo común (2:1-4). No pensar solo en lo propio, ni en el ámbito personal (egoísmo), ni en el ámbito eclesial (separatismo, sectarismo). Esto no es posible si no va acompañado de lo que la carta a los filipenses describe: la humildad y renuncia que mostró Cristo.
En tercer lugar, requiere líderes siervos, como Cristo. Desechar el afán de protagonismo, no querer ocupar los primeros lugares, ni levantar ministerios para el propio honor. Honestamente necesitamos reconocer que muchas de las divisiones surgen por la búsqueda del interés personal, el orgullo y la arrogancia.
La historia de las asambleas de hermanos nos da ejemplo de lo positivo y negativo. Surgen como un movimiento con vocación de superar las barreras denominacionales para recibir en comunión a todos los que participaban de la misma fe en Cristo. Pero pronto cayeron en división por actitudes excluyentes, olvidando el mensaje de Jn. 17 que desecha el exclusivismo sectario.
Esto no niega la idiosincrasia de cada iglesia local en particular, pero rechaza como espuria toda idea de superioridad moral sobre otras iglesias por el conocimiento o las diferencias en ciertas prácticas.
EL PROBLEMA
¿Por qué cuesta tanto mantener la unidad? ¿Son las divisiones un mal endémico de las asambleas de hermanos?
La Biblia no es un cuento inocente, una fábula idealista. Sabe de divisiones: Israel contra Judá, Diótrefes, Evodia y Síntique, Pablo y Bernabé. Pero estas no son una excusa para la división sino una advertencia sobre la facilidad con que se puede dañar la unidad.
Una mala comprensión de la verdad
Aunque afirmamos que la verdad es Cristo y está revelada y recogida en la Biblia, en la práctica defendemos muchas verdades particulares, interpretaciones que se elevan al rango de verdad absoluta. Se confunde verdad con la posición doctrinal sobre puntos particulares no principales (como las posturas escatológicas o la organización eclesial).
La verdad nos posee, no la poseemos o controlamos nosotros. Es la Palabra y el regreso continuo a ella bajo la dirección del Espíritu, que nos permite crecer y renovarnos. Es la vida que surge de la comunión con el Dios trino.
Solo es «nuestra» en la medida que nos rendimos a Cristo no como proclamación o afirmación dogmática sino como relación transformadora. Un creer que se transforma en vida.
Los enemigos de la unidad
Sectarismo. Las divisiones surgen por un dogmatismo excluyente. Nuestra postura como la única buena y fiel a las Escrituras, con menosprecio de las demás y de aquellos que no piensan igual. El problema de un movimiento que surge con vocación de unidad, pero pronto se convierte en «mi verdad por encima de la unidad». No se trata de aceptar herejías sino de comprender la diferencia entre lo esencial y lo normativo-temporal. Esto lo aprendió la iglesia superando el legalismo de los judaizantes (Hechos 15).
Pragmatismo espiritualizado. “Mi modelo es el único bíblico”. Ya sea en el liderazgo: más que la esencia del modelo de Cristo, líderes siervos, enfatizar un tipo de gobierno eclesial. Más que el organigrama, lo que define el liderazgo cristiano es el carácter. O en las prácticas como el partimiento del pan. El símbolo, que es un recuerdo del sacrificio de Cristo y un llamado a la unidad, se convierte en un rito semanal con énfasis en la periodicidad.
Visión corta. Una visión de corto alcance que solo se preocupa por mantener la parcela propia (cf. Fil 2:1-4), creando cada vez más grupos y divisiones. Se rehúye el trabajo en común y la cooperación con otros para cuidar de «lo nuestro».
Personalismos. El eje es el yo, “soy el número uno”. El mensaje que transmitimos se centra en lo que hago y lo que yo pienso. La altivez, orgullo y egoísmo están en el centro del personalismo. En ocasiones se disfraza de sana doctrina, o de iglesia de éxito y bendecida, pero es un culto al yo. La actitud de los tecoítas (Neh. 3) que no quisieron colaborar en la obra recuerda el peligro de líderes orgullosos.
Ídolos. La tradición, venga de donde venga, corre el peligro de convertirse en tradicionalismo y dividir las iglesias. No debemos convertir a las personas en «papas» evangélicos, vi separando a las iglesias por sus posturas hermenéuticas y doctrinales en puntos secundarios. Muchos o algunos de ellos, huirían de este uso que se da a sus escritos. Más bien debemos adoptar la actitud paulina «todo es vuestro… y vosotros de Cristo» (1Cor 3:22).
El sentido de pertenencia cristiano no viene dado por el encasillamiento en un molde, grupo, confesión, sino por la relación con Cristo.
Las causas
Son diversas las causas de las divisiones:
Los procesos históricos. Son complejos e incluyen diferentes factores que deben tomarse en cuenta. Como personas, tenemos diferentes perspectivas sobre asuntos y temas de iglesia, no pensamos igual. En ocasiones hay daños personales en las relaciones que afectan al conjunto de la iglesia, situaciones que nos condicionan y que dificultan a la objetividad. Por otro lado, nuestra comprensión, que siempre es limitada, parcial. Es cierto que puede haber «porcentajes de verdad», pero también es cierto que ninguno tiene la verdad absoluta.
La «necesidad» de divisiones. Resulta chocante esta afirmación en boca de Pablo (1Cor 11:18-19) pero debe entenderse no como la voluntad de Dios, más bien es una crítica que denuncia la situación que revela el carácter y las intenciones de los receptores de la carta.
La «excusa» de la unidad espiritual. Es cierto que la unidad espiritual, por la obra de Cristo, es el fundamento sólido del vínculo cristiano, pero esto nunca debe ser excusa para romper o evitar la unidad práctica, que no solo se muestra en intenciones o palabra sino también en acciones.
Las alternativas humanas. Cuando los criterios para fomentar la unidad práctica no se basan en la condición espiritual sino en valores marcados por el pragmatismo suele empeorar la situación: Se puede forzar o manipular a las personas para alcanzar los objetivos personales.
Falta de voluntad reconciliadora. Frente a las tensiones o dificultades no cabe esperar. El llamado es a tomar la iniciativa en la búsqueda de la reconciliación y la solución. Agotar los pasos para que en lo que dependa de nosotros estar en paz con todos (Ro. 12:18).
Las consecuencias
Como piedras que se arrojan en un lago, la onda expansiva de la división se extiende afectando a personas e iglesias de su entorno, desde el más cercano al más lejano. Las divisiones son devastadoras como torrente de agua que arrastra todo a su paso. Deja secuelas en las personas, algunas abandonan, otras quedan dañadas. Restaurar se vuelve entonces un camino largo y difícil, pero no imposible.
EL PEGAMENTO
Reconocer la realidad
Ni buenismo ni desesperanza. Me parece que en ocasiones preferimos pensar «todo está bien», pero no es verdad, tenemos conflictos graves. El primer paso importante es reconocer la situación, los hechos y las consecuencias. El problema debe confrontarse, no esconder la cabeza cual avestruz. Pablo confrontó a Pedro en Antioquía ante lo que era un principio de división del cuerpo de Cristo con consecuencias atemporales (dar apoyo a los judaizantes; Ga. 2:11).
La otra actitud «No hay nada que hacer», no es verdad. Si Cristo es Señor, y lo es, la iglesia tiene esperanza siempre que nos volvamos a Él. Por supuesto, no caemos en ser simplistas, como si todo se fuese a resolver. La reconciliación requiere siempre dos partes dispuestas. Solo partiendo de la verdad y de una actitud humilde es posible la restauración. Reconocer el problema y nuestra parte en él es el primer paso.
Unidad y diversidad
No confundir unidad con uniformidad. Es un tópico y una realidad como observamos por la diversidad del cuerpo de Cristo (1Cor 12). En el diseño de Dios cada uno tiene diferentes capacidades, dones. La multiforme sabiduría de Dios se manifiesta también en el cuerpo de Cristo y en las diferentes expresiones de las iglesias.
Respetando las diferencias. Tanto en las formas como en las diferencias teológicas en temas no principales. El dicho atribuido a Agustín de Hipona recuerda que es necesario «en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad y en todo, caridad».
Respetando las personas. Hieren tanto las palabras como las actitudes. Reconocer y respetar a los que piensan diferente y aceptarlos como hermanos en Cristo, debería ser la actitud correcta (Fil 4:2). Con verdadera humildad, donde no cabe ni sentido de superioridad o academicismo, ni sectarismo.
Un regreso a la esencia: la unidad en Cristo
El modelo de Fil 2:1-5. Pablo exhorta a pensar en lo común, no solo en lo propio. Sus palabras se aplican a individuos e iglesias, especialmente para quienes se centran solo en sus necesidades. Esto requiere humildad, la actitud o mente de Cristo, estimando a los demás como superiores a uno mismo (cf. 2Cor 11:5 ni super apóstoles; Fil 2:3 ni orgullo). Dispuestos aún a la renuncia.
La unidad se da «EN EL SEÑOR». «Ruego a Evodia y Síntique que sean de un mismo sentir en el Señor» (Fil 4:2). Con la mediación adecuada (Fil 4:3), no puede mediar quien está en el centro del conflicto.
Nuestra historia. Las asambleas de hermanos se caracterizaron por la recepción de todo aquel que confiesa a Cristo. La unidad se fundamentaba en la común fe en Cristo, superando así las barreras denominacionales. Debemos evitar cualquier tendencia al sectarismo y modelos eclesiales que establezcan barreras a la comunión, para volver a Las Escrituras y al modelo de Jesús.
Sufrir el agravio. (1Cor 6:1-8) Primero, mediación y juicio justo. Si no, mejor sufrir que entrar en juicio. Lo legal al servicio de lo espiritual, no al revés.
Guardando o fortaleciendo la unidad: El llamado del Espíritu
Solícitos en guardar la unidad. (Ef. 4:1-4). Contrariamente a la disposición natural de estar solícitos para reclamar lo «nuestro», para defender lo «nuestro», se nos insta a actuar según corresponde a nuestra vocación o llamamiento. Requiere humildad y mansedumbre, paciencia y soportarnos en amor.
Esforzándonos por guardar la unidad “haciendo todo esfuerzo”, “siendo diligente” o “poniendo el mayor empeño”. La unidad y la paz es un don del Espíritu que debemos cuidar. Con el mismo empeño que ponemos en preparar y cuidar los detalles de un proyecto importante (Pablo lo usa para los proyectos de viaje en las misiones o para el cuidado de la vida cristiana en santidad).vii
Una realidad: un cuerpo, una misma fe, un mismo Señor. La unidad espiritual indicada aquí es un requisito indispensable para adelantar la salud y felicidad de la iglesia, para promover la causa de las misiones, y para ganar la victoria sobre Satanás y sus aliados. Nuestro esfuerzo no está en conseguir, es la unidad producida por el Espíritu, pero sí en mantener.viii Esto supone dar más importancia a la realidad de la Iglesia que a las formas que puedan tener. Desarrollar estructuras que faciliten la comunión, la participación de las iglesias, vigilantes para que no se conviertan en estructuras de poder, supra eclesiales, que marcan y condicionan la convivencia y relaciones fraternas.
Guardando/Restaurando la comunión: un resumen de pasos:
Enfrentar la realidad
Diálogo sin manipulación
Sinceridad y honestidad (sin agendas ocultas)
Mediación en el conflicto.ix Requiere disposición a la intervención externa y no huir del conflicto.
Reconciliación y mesa del Señor. La verdadera comunión con Dios se da cuando nos disponemos a solucionar el conflicto (Mt 5:24).
Unidad intergeneracional
Un aspecto por desarrollar en otro momento pero que es necesario al menos apuntar. Una iglesia no dividida une las diferentes generaciones. Es una iglesia donde la experiencia, de los mayores, y la fuerza de los más jóvenes se unen para el crecimiento interno y la extensión del Reino.
Una iglesia abierta, que facilita el desarrollo de los dones con paciencia y perseverancia.
LOS RETOS
Del modelo de poder al modelo de servicio
Entender la autoridad como elemento al servicio de la construcción de la iglesia, conduce a una autoridad subordinada a Cristo y Su propósito de edificar Su iglesia.
Esto requiere mudar de un modelo de liderazgo sustentado en la posición, el estatus o poder, a la actitud de colaboración que fomenta el «pegamento» del cuerpo de Cristo. Fungiendo en el ministerio como facilitadores para el desarrollo y crecimiento del cuerpo de Cristo, fomentando la participación de todos.
Cooperación y comunión práctica, como cuerpo de Cristo
La unidad no es una relación etérea. Cuando la adjetivamos como «espiritual» en ocasiones la trasladamos a otra esfera, como principio teórico o trascendente que no tiene que ver con la realidad práctica. Muy al contrario, la unidad que propone Jesús es una unidad práctica, de comunión, relación y cooperación. Se expresa en el amor al hermano, en su cuidado. Es la unidad que fortalece el apóstol Pablo mediante ofrendas a la iglesia necesitada de Jerusalén.
La unidad se expresa. Aceptando e incorporando la pluralidad y diversidad en la unidad. Cooperando juntos en la extensión del Reino. Apoyando proyectos conjuntos.
Jesús oró por la unidad de su Iglesia, una unidad orgánica y también práctica. Debemos reconocer que existe una gran distancia entre el deseo expresado en la oración de Jesús y nuestra realidad eclesial. Estamos más cerca de la descripción de Pablo en 1Corintios que de Juan 17. Pero, sin caer en el pesimismo, estamos llamados a recorrer el camino y restaurar la unidad allí donde se haya roto, no en nuestras fuerzas sino en el poder del Espíritu, empezando por el trabajo en nuestro corazón.
La unidad espiritual en Cristo es una unidad verdadera que debe manifestarse de manera práctica en el amor, buenas relaciones y cooperación del pueblo de Dios. Desde el respeto a los demás como hermanos, abandonando orgullo y arrogancia y vistiéndonos de la humidad de Cristo.x
NOTAS:
i Tito 2:14 14 quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.
ii Juan 17 la oración al final del extenso discurso de despedida (cp. 13-17).
iii Beutler, «La unidad de los creyentes sirve no solo a la preservación de la comunidad de fe, sino también tiene un efecto misionero.» “La confianza de la misión de la iglesia descansa aquí: si esta vive en el Espíritu (y por ello en el Padre y en el Hijo), si refleja la gloria y amor de Dios, si muestra una unidad en sus filas que nace de un conocimiento compartido de Dios, su testimonio dejará atónito al mundo.” (Burge, NVI)
iv Encontramos en los primeros capítulos siete señales que son señales de su identidad. Los signos de Jesús muestran su gloria como unigénito del Padre: los milagros son señales que apuntan a la identidad de Jesús como Verbo encarnado (Jn 2:20-21)
v Fil. 1:29
vi Hoy podemos colocar en el pedestal a Trenchard, McArthur, P. Washer, Calvino, o cualquier otro predicador que tengamos como preferido.
vii Arnold, C. E., & Haley, J., eds. (2016. Efesios p. 235). Andamio. “Dios ha hecho de la iglesia un cuerpo unido en el que mora su Espíritu. La unidad y paz que disfruta es un don precioso del Espíritu que se puede estropear fácilmente. Los miembros individuales de la iglesia necesitan trabajar mucho para preservar esta unidad… Con el mismo esfuerzo y diligencia, les pide aquí a sus lectores que se esfuercen todo lo posible para mantener la unidad del Espíritu. Pedro utiliza la palabra de forma similar cuando hace un llamamiento a sus lectores para que hagan firme su vocación y su elección (2 P 1:10) y a ser hallados sin mancha e irreprensibles ante Dios (2 P 3:14).”
viii Ibid p. 235-6. “Aunque podríamos esperar que Pablo animase a sus lectores a intentar alcanzar la unidad de la iglesia, en realidad les suplica que mantengan (τηρεῖν) una unidad que ya existe. Esa unidad viene del Espíritu (τοῦ πνεύματος; genitivo de origen). Unidad y “paz” (εἰρήνη) son dos de los logros centrales de Cristo a través de la sangre derramada en la cruz (2:11–22).”
ix Evodia y Síntique Fil 4:2; 1Cor 6:5.
x Taylor recuerda que “este tipo de unidad [espiritual] encuentra su realidad no en uniformidad externa o conformidad, sino en la santificación personal. La santidad une, la carnalidad divide (1 Co. 3:1–3) … El logro y preservación de la unidad requiere humildad, ausencia de egoísmo y amor ferviente.” Taylor, R. S. (2009). UNIDAD., Diccionario Teológico Beacon (p. 711). Casa Nazarena de Publicaciones.