¿Debemos fortalecer nuestra comunión?

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Por : Felipe Redondo

¡Si!, porque somos miembros de la Iglesia del Señor, ese inmenso conjunto de personas reconciliadas con Dios, bañadas en Su Espíritu por medio de la fe en Jesucristo, y expresada visiblemente en múltiples congregaciones locales.

Es emocionante ver como hace dos siglos el Espíritu del Señor movió a muchos hermanos, para recuperar con gozo aspectos importantes de la Iglesia, presentes en la Escritura pero que ni en el siglo XVI ni después fueron impulsados: poner en práctica el sacerdocio de todos los creyentes sin más; compartir la Mesa del Señor con otros que también lavaron sus ropas en la sangre del Cordero, aunque procedían de ámbitos denominacionales diversos; orar y servir juntos; llevar con decisión la luz del Evangelio.

Muchos (y muchas) hermanos en la difícil España del siglo XIX proclamaron el mensaje que Dios nos dejó en la Sola Scriptura. Hoy nos corresponde a nosotros llevar la sal y la luz del Evangelio a la sociedad española. Es una sociedad distinta, pero la necesidad personal de renacer por el poder de Dios es la misma. Habrá cosas que debamos renovar para conectar con un entorno socio cultural diferente, pero el medio no ha cambiado: por gracia sois salvos por medio de la fe… y la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Ef 2:8, Rom 10:17).

Para el éxito de esta misión del Señor hay un condicionante por el que el Señor oró: Ruego también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. (Juan 17:20-21). El Espíritu nos impulsa para avanzar cada día en la comunión como hermanos, pero hay un viento que busca frenar esa comunión por la que Jesús oró.

¿Cómo afrontar ese viento contrario que debilita nuestra común-unión?

Veamos algunas actitudes que fortalecen la comunión y frenan ese mal viento.

El mensaje de salvación en la Escritura es claramente perceptible para todos, pero hay aspectos secundarios o circunstanciales en los que auténticos hermanos en Cristo mantienen enfoques distintos. Es enriquecedor dialogar, intentando comprender su percepción, como dice Pablo: si considero que yo no puedo comer carne o beber vino, no voy a rechazar por ello a mi hermano porque a la luz de la misma Palabra él considere que sí puede comer carne o beber vino… Lo mejor es no hacer nada que ofenda, debilite o haga tropezar a tu hermano (Rom 14:21). Si mi enfoque es distinto, ese viento tal vez me sugiera rechazarlo, considerarlo inferior, o que no es “bíblico”. Francis W. Newman comenta así una actitud de J. N. Darby: “…sólo quería que los hombres sujetasen sus mentes a Dios; es decir a la Biblia, ¡según su interpretación, claro está!” Pero si camino según el amor de Cristo, ese viento negativo es anulado: Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es. Pero si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor (Rom. 14: 14-15). El amor a Dios y al hermano próximo, aunque no vea todo como yo, es la clave. Pablo nos dejó en ese capítulo la indicación correcta: sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación (Rom 14:19).

A veces el viento sopla de un modo aparentemente más positivo: Dios quiere que su Iglesia crezca, por tanto, todo lo que haga crecer a “mi” iglesia local será bueno. ¡Cuidado! Un viento sutil puede sugerirnos que otras iglesias son “de inferior calidad cristiana” y por tanto, está bien crecer con miembros salidos de ellas. No todo vale ante el Señor. No olvidemos que la Iglesia de Cristo se expresa en múltiples iglesias locales que tienen a Él por cabeza. La bendición de Dios en el ministerio no radica en rescatar a personas de otras iglesias, sino a los que están fuera de la Iglesia y lejos de Cristo.

Otra actitud fundamental es dejar que El Señor nos haga como Él: el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir (Mr 10:44-45). Puede costar ser un mero criado de otros hermanos, ser “poca cosa”, pero menos se hizo el Señor por nosotros. Levantémonos de la mesa con la toalla para lavar pies de los hermanos que tenemos cerca.

Unidos y firmes en los fundamentos de la fe, respetando la diversidad que muchas veces nos enriquece. Tenemos proyectos en común que nos harán crecer con los hermanos que tenemos cerca, aunque no vean todo como nosotros. Paremos ese viento que nos sugiere avanzar sólo con quienes todo lo ven como nosotros. El Señor nos pide ser unánimes, no uniformes. Oremos juntos. Perdonémonos, si fuere preciso. Pero nada nos detenga para mejorar la común-unión.

España necesita hoy el Evangelio. Esta familia de iglesias, con un mismo ánimo, tiene ante sí un reto: recoger una nueva cosecha para El Señor. Una comunión fortalecida lo facilitará.