Conflictos en la Iglesia

Conflictos

Por : José Luis Fernández

Desde 1945 la revista Edificación Cristiana cubre una necesidad en la vida de los creyentes: el discipulado personal. Sus artículos tratan de abrir las mentes hacia la palabra de Dios, construyendo vidas orientadas hacia la santidad o reconstruyendo a hermanas y hermanos que han sufrido conflictos dentro de su propia iglesia. Es por ello, que hago una advertencia hacia el lector de este artículo. El tema a tratar está basado en el capítulo 6 de los Hechos de los Apóstoles, y no se refiere a ninguna iglesia en concreto, sino a la dinámica que he observado durante mis cortos 40 años como creyente. Si algo no edificase, si algo no fuese de bendición, si cualquier frase llegase a herir sensibilidades, solo tienes que dejar de leer y volver al capítulo en cuestión. Dicho esto, ha llegado el momento de que hagamos el esfuerzo de profundizar sin barreras denominacionales y sin arquetipos predefinidos en temas que han llegado a alcanzar la categoría de “cotidianos”.

Resultaría sencillo seguir la pauta de nuestros maestros de la Palabra, cuando nos animaban a estructurar bien un tema, para poder desarrollarlo sin dejar ningún cabo suelto. Nunca puedo dejar de nombrar al hermano Pablo E. Le More, que ha sido durante algunos años redactor de esta revista, o a los queridos Timoteo Glasscock, Francisco Lacueva o Evis Carballosa. Sin embargo, el estudio cambia a lo largo de los tiempos y las competencias clave, expresadas en Europa, por iniciativa de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), forman a nuestros jóvenes en un sentido práctico y menos teórico. Esta fórmula no es nueva y nos recuerda a los siete saberes de Edgar Morin: – Las cegueras del conocimiento, – Los principios de un conocimiento, – Enseñar la condición humana, – Enseñar la identidad terrenal– Enfrentar las incertidumbres– Enseñar la comprensión– La ética del género humano, y aunque no esté plenamente de acuerdo con ella (ya que emana de un organismo de índole económico) está ciertamente justificada por su implantación en casi todos los sistemas educativos europeos. Por todo ello no debiera sorprender al lector, que evitemos un análisis sistemático del texto de Hechos 6:1-7. Centraremos nuestra atención en el tema tratado en ese capítulo: la murmuración entre griegos y hebreos.

Durante el periodo de confinamiento en 2020, muchas iglesias han tenido que cerrar sus puertas, aplazando los cultos o iniciando nuevas formas de reunión como “las virtuales”. Algunos hermanos piensan que este nuevo modelo suple el reunirse de forma presencial, y es mucho más cómodo, sin embargo, esto es un error como ya veremos más adelante. Por otra parte, han nacido las llamadas “células virtuales” en las casas. Ya estaban bastante extendidas entre algunas denominaciones, y al ser una buena iniciativa, algunas Iglesias de Hermanos ya habían tomado nota y las habían llevado a cabo de forma presencial hace pocos años. Estas células, que tienen vida, completan su desarrollo y función en la iglesia. Cuando vemos las características de la Iglesia Primitiva nos encontramos con un modelo que contemplaba atender a la necesidad de cada uno. ¡Cuánto amor, verdad! Sin duda, nadie en su sano juicio abandonaría una iglesia así. Pero la alegría habría de durar poco tiempo y los problemas surgirían inmediatamente desde el mismo interior. Ananías y Safira fue el ejemplo que nos ha quedado de las consecuencias de mentir al Espíritu Santo. Pero hay más. Entrando de lleno en el anunciado capítulo seis de hechos de los Apóstoles, el contexto social nos ayudará a entender mejor la situación.

De todos es sabido que los judíos habían sido dispersados por todos los pueblos de la tierra conocida. Después de la deportación a Babilonia y la destrucción del Templo de Salomón en el año 586 a. C. fueron perdonados y Dios les concedió reconstruir el Templo en tiempos de Zorobabel y Nehemías “y muchos… que habían visto la casa primera, viendo echar los cimientos de esta casa, lloraban en voz alta…”. (Esdras 3:12). Si avanzamos mucho en el tiempo, en los días después del Mesías, la Iglesia (constituida por judíos conversos en la dispersión) tenían en común todas las cosas y repartían según la necesidad de cada uno. Si embargo esta situación duró poco tiempo. La discusión por el tema de “atender a las viudas” puede darnos una pista de que la vida de los creyentes estaba integrada en un modelo social familiar.

Estamos ante el primer problema serio de división de opiniones. Los dos tipos creyentes aquí presentes tienen su origen en los judíos que hablaban griego (los helenistas) y los que hablaban arameo (los hebreos). Tanto los unos como los otros se habían criado en diversas culturas y tradiciones, lo cual no había impedido que se entendiesen bien y que gozasen de la comunión como hermanos en Cristo. Todo apunta a que es en este preciso momento, en el que la comunión sufre una crisis debido a la murmuración de los griegos contra los hebreos. Las quejas empezaron por el supuesto favoritismo de los hebreos con sus viudas, discriminando a las que eran de la dispersión. “Servir las mesas” se refiere al sustento de las viudas y al entender correctamente esta expresión sabemos que el problema administrativo estaba servido. El dinero empezaba a ser un obstáculo para la comunión entre los hermanos y los discípulos, convocados por los 12 apóstoles, buscaron una solución.

Aparece la figura del diácono. Entre los siete (número perfecto) aparecen los nombres de Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás (antiguo gentil ahora convertido). Entre los elegidos, observamos que el primero de ellos iba también a ejercer el don de evangelismo, del cual estaba bien dotado, y ello le haría pasar como primer protomártir de la historia de cristianismo. Quiero decir que no solo tenían la responsabilidad de llevar las cuentas de la congregación, sino que ejercían sus dones con el poder que Dios les había otorgado. La figura de los diáconos tampoco era, como algunos la han considerado, de rango inferior en la Iglesia. Ya hemos visto de manera sucinta que sus trabajos no se limitaban a la administración del dinero, y en cualquier caso, no deja de sorprender que algunos vean en la Iglesia primitiva cargos jerárquicos de mayor o menor rango. Cuando llegamos a Hechos 6:7 y leemos de la multiplicación de la palabra del Señor, nos llena de emoción saber que el problema del que partíamos estaba resuelto. Esa extensión de la palabra debe entenderse por el crecimiento exponencial de los discípulos. Además de sembrar, veían los resultados y las personas creían en el Señor Jesús.

Hoy en día las cosas son muy distintas. El compromiso personal y familiar en nuestras iglesias está en función de parámetros muy distintos a los de la iglesia primitiva. Para ser elegido diácono había que cumplir unas condiciones concretas, como tener buen testimonio, ser llenos del Espíritu Santo y de sabiduría y estar capacitados para ese trabajo en concreto. Hoy buscaríamos a alguien que fuese de una familia con arraigo en la iglesia, que predicase habitualmente en los cultos, y si no tiene empleo estable, aunque no sepa mucho del trabajo, si éste está remunerado hay que seleccionarlo, ya irá aprendiendo poco a poco… “al fin y al cabo, trabaja para el Señor”.

Por desgracia, también se repiten las murmuraciones (a modo de pecados veniales) y al ver esto, sobre todo los jóvenes, huyen despavoridos en un entorno que les resulta hostil, lleno de hipocresías que los señala con poca autoridad. En una ocasión un joven me dijo que las iglesias tenían que cambiar mucho para que él volviese a una reunión. En principio me pareció que era una excusa, sin embargo, la frase me hizo reflexionar. Ahora creo que si tenía algo de razón la perdió al dejar de reunirse. Sólo seremos capaces de cambiar algunas prácticas eclesiales negativas si nos implicamos en el servicio al Señor. Podremos influir en algunas decisiones de los Ancianos de nuestras iglesias si, con amor, comentamos aquello que vemos que no funciona o no es correcto. Los protagonistas de nuestro capítulo optaron por murmurar y eso generó un problema. Luego, los discípulos eligieron a los diáconos bajo unas condiciones específicas. No me imagino, como algunos entienden, una votación democrática en aquel contexto. Sin embargo, el Señor pone obreros, ancianos, misioneros o diáconos cuando él quiere. Los que son nombrados por los hombres duran poco tiempo y generan divisiones en la Iglesia de Dios. Esteban, judío helénico, generaba división en el seno de los no creyentes. La sinagoga de los libertos estaba constituida por antiguos esclavos que tenían capacidad para organizarse en una sinagoga y de agrupar a los de habla griega. El objetivo de Esteban era predicar a Cristo y dar su vida por Él.

Quizás te quejes muchas veces de tu iglesia. Ora y lucha por ella desde dentro, reuniéndote con los hermanos y proponiendo nuevos retos que tengan como objetivo la palabra del Señor. Tu lucha será muchas veces escuchar a los demás, orar por ellos, trabajar en lo que te manden. Pero siempre con excelencia, con amor y sin resentimientos. El amor todo lo perdona y si decimos que amamos a Dios, ¿Cómo es que no amamos a nuestros hermanos? La solución de todos nuestros problemas, como miembros de cualquier iglesia, está en las manos del Señor. Si obedecemos a su palabra seremos felices en el propósito de la Iglesia: glorificar a Dios y predicar el Evangelio.

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