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LAS AFINIDADES DE SHAKESPEARE Y CERVANTES.

En estos días recordamos la muerte, hace cuatrocientos años, de William Shakespeare y de Miguel de Cervantes Saavedra, los genios literarios más grandes de la Historia. No podemos entender el teatro sin la contribución del dramaturgo inglés a su desarrollo, como tampoco podemos apreciar lo que es la novela moderna sin El Quijote. Se pueden trazar algunas afinidades entre ambos autores. De entrada, sus vidas contienen muchos enigmas sin resolver, por falta de documentación al respecto, lo que ha dado lugar a desarrollar múltiples especulaciones sobre distintos ambitos de su existencia. Otra característica que les une es que eran lectores empedernidos de todo tipo de literatura, algo que reflejan sus obras, las cuales son, en parte, fruto de una enorme erudición. Pero la cualidad más sobresaliente de sus composiciones es la portentosa imaginación que exhiben, su enorme capacidad creadora, que moldeó a personajes inolvidables como Don Quijote, Sancho, Porcia, Hamlet o Macbeth, entre otros. Pero, hay otro aspecto muy desconocido y que, sin embargo, relaciona invariablemente sus obras, el aprecio que ambos sentían por La Biblia. El conocimiento de La Biblia es indudable en ambos autores. En el caso de Cervantes, su trasfondo judeoconverso, así como las influencias erasmianas a las que estuvo sujeto, le inclinaron a la lectura de Las Sagradas Escrituras, aunque esto fuera un ejercicio muy peligroso en la España de la Contrarreforma, en la que la Inquisición prohibió la lectura de La Biblia en castellano. Por eso, no se sabe a ciencia cierta que versiones de La Biblia pudo manejar. Aún así, en El Quijote existen más de doscientas referencias y alusiones a Las Escrituras. En cuanto a Shakespeare, sus estudiosos han constatado más de mil doscientas. Con respecto a Shakespeare se ha dado a entender que, sin la Reforma Protestante del siglo XVI, con su deseo de traducir La Biblia a los idiomas del pueblo para que todos pudieran leerla, no tendríamos a Shakespeare. En la época en la que vive Shakespeare, La Biblia circula libremente en Inglaterra y empapa la cultura de esa nación. Incluso de niño, en Stratford-upon-Avon, Shakespeare leería Las Sagradas Escrituras en la escuela. Se sabe también Shakespeare vivió bastantes años en la casa de una familia de fieles hugonotes en Londres, los Mountjoys . Los hugonotes eran los protestantes franceses que tuvieron que refugiarse en Inglaterra debido a la persecución que sufrieron los evangélicos en Francia. Allí, es posible que asistiera o escuchara las devociones de la familia que estarían centradas en la reflexión sobre Las Escrituras. La Biblia que emplea en sus obras, es la llamada Biblia de Ginebra, también conocida como La Biblia de los puritanos. Algunos pasajes de Hamlet descubren un minucioso manejo de esta versión por parte de Shakespeare.Pero lo más destacable no es solamente que manejaran La Biblia sino el hecho de que esta deja un poso muy evidente en sus obras. Sus creaciones literarias están imbuidas de una profunda cosmovisión bíblica. He aludido también a la impronta de la Biblia en Cervantes en mi trabajo La Biblia y el Quijote y más recientemente en un artículo publicado en la Revista Alétheia titulado El Quijote y la Biblia: Teología en Don Quijote , fruto de una conferencia que pude impartir el año pasado en la Casa de Castilla La Mancha en Madrid. Se puede notar ese influjo bíblico en el siguiente Poema Oración de Miguel de Cervantes Saavedra:

 

A Ti me vuelvo, gran Señor, que alzaste,

a costa de tu sangre y de tu vida,

la mísera de Adán primer caída

y adonde él nos perdió, Tú nos cobraste.

 

A Ti, Pastor bendito, que buscaste

de las cien ovejuelas, la perdida

y hallándola del lobo perseguida,

sobre tus hombros santos te la echaste.

 

A Ti me vuelvo en mi aflicción amarga

y a Ti toca, Señor, el darme ayuda,

que soy cordera de tu aprisco ausente

 

y temo que a carrera corta o larga,

cuando a mi daño tu favor no acuda

me ha de alcanzar esta infernal serpiente.

 

En el caso del llamado Cisne de Stratford llama la atención como tiene en cuenta la enseñanza de los primeros capítulos del Génesis en los que aparece la grandeza del hombre, creado a la imagen de Dios. Así en Hamlet se dice:

 

“¡Qué obra maestra es un hombre! Que noble en su razón, qué infinitas su facultades, qué perfecto y admirable en forma y movimiento, cuán parecido a un ángel en sus actos, cuán parecido a un dios en entendimiento, la belleza del mundo, el parangón de los animales”. (II,2)

 

Shakespeare hilvana historias inolvidables en las que, de una manera magistral, brilla el poder del amor humano, por ejemplo, del hombre por la mujer, en Romeo y Julieta, o del padre por su hija, Próspero por Miranda, en La Tempestad. Shakespeare es, asimismo, un consumado maestro a la hora de tratar la Caída del hombre. Shakespeare muestra en sus personajes los terribles efectos del pecado en la Humanidad. Contemplamos incluso el desarrollo progresivo de esa tendencia al mal en el corazón del ser humano. Sus obras son ejemplos extraordinarios del daño que causa el pecado: así por ejemplo, la intriga y el afán por alcanzar el poder aún a costa de cometer los mas viles asesinatos, como vemos en Macbeth, o los celos, en Otelo, o la sed de venganza, en Hamlet. Al mismo tiempo, esas mismas composiciones, entre otras, nos hacen ver de una manera diáfana la seducción de la tentación, la influencia de la culpa y los remordimientos en la conducta, así como el dolor por haber hecho lo malo y la irreprimible voz de la conciencia que acompaña a sus personajes. Los dramas de Shakespeare me recuerdan mucho a los libros históricos de Israel que narran algunos de los acontecimientos de los reinados de Saul, de David y otros, y al libro de Los Salmos en los que el cantor y rey de Israel se refiere repetidamente a sus enemigos que se levantan y conspiran contra el. También es digno de mención que Shakespeare crea firmemente en un Dios vivo y presente que no está lejos de nosotros en ningún momento, disponiendo de todas las cosas conforme a su propia y buena voluntad. Como se dice nuevamente en Hamlet, aludiendo al evangelio:

 

“No creo en presagios. Hasta en el hecho de que se caiga un gorrión interviene una providencia especial” (V, 2)

 

Pero lo fundamental es poner en valor como Shakespeare percibe el mensaje del Evangelio, tal y como lo presenta Pablo en La Epístola a los Romanos. El trasfondo sobre el que resplandece el mensaje de la salvación es nuestra incapacidad para salvarnos a nosotros mismos. La salvación reside exclusivamente en la misericordia divina: Como Porcia le dice a Shylock en El Mercader de Venecia:

 

La propiedad de la misericordia es que no sea forzada; cae como la dulce lluvia del cielo sobre el llano que está por debajo de ella; es dos veces bendita: bendice al que la concede y al que la recibe. Es lo que hay de más poderoso en lo que es todopoderoso; sienta mejor que la corona al monarca sobre su trono. El cetro puede mostrar bien la fuerza del poder temporal, el atributo de la majestad y del respeto que hace temblar y temer a los reyes. Pero la misericordia está por encima de esa autoridad del cetro; tiene su trono en los corazones de los reyes; es un atributo de Dios mismo, y el poder terrestre se aproxima tanto como es posible al poder de Dios cuando la misericordia atempera la justicia. Por consiguiente, judío, aunque la justicia sea tu punto de apoyo, considera bien esto: que en estricta justicia ninguno de nosotros encontrará salvación, rogamos para solicitar misericordia y este mismo ruego, mediante el cual la solicitamos, nos enseña a todos que debemos mostrarnos clementes con nosotros mismos. (IV, 2)

 

La salvación se encuentra en la Persona y la Obra de Jesucristo, el único que desvela la misericordia divina. Como se dice en Ricardo II, la redención solo puede venir por:

 

“la preciosa sangre de Cristo derramada por nuestros pecados” (I, 4)

 

Por consiguiente, no puede sorprendernos que el testamento de Shakespeare comience así:

 

“En el nombre de Dios ¡amén! Yo, William Shakespeare, de Stratford–upon-Avon, en perfecta salud y memoria, gracias a Dios, hago y ordeno mis últimas voluntades y testamento del tenor y forma siguientes: Declaro ante todo que encomiendo mi alma a Dios mi Creador, esperando y creyendo firmemente que, solo por los méritos de Jesucristo, seré admitido a participar de la vida eterna, y entrego mi cuerpo a la tierra de que está hecho”.

 

Finalmente, hay otras curiosidades que unen a nuestros genios literarios. En primer lugar, el conocimiento que Shakespeare pudo tener de Don Quijote. Parece ser que esta cuestión no admite duda, pues existe una obra de Shakespeare conocida como Historia de Cardenio, y que estuvo por algún tiempo perdida, que teatraliza al personaje que, con ese mismo nombre de Cardenio, conocieron Don Quijote y Sancho en Sierra Morena. Por otro lado, ambos autores, citan el libro Artes de la Santa Inquisición Española, testimonio rotundo, escrito por un testigo ocular exiliado, acerca de los engaños, persecuciones, torturas y ajusticiamientos infligidos en los ignominiosos Autos de Fe, por el llamado Santo Oficio, contra la población protestante española en el siglo XVI. Pero, como afirma el mismo Shakespeare:

 

“Es hereje el que enciende el fuego y no el que arde en el” (El Cuento de Invierno II,3)

 

Artes, cuya primera edición apareció en Heidelberg en 1567, aparece en El Quijote en varios pasajes según desvela el cervantista Francisco Rodríguez Marín. En Shakespeare, es en Hamlet donde se alude ampliamente a Artes según descubrieron los profesores Ciriaco Morón Arroyo y Francisco Ruiz de Pablos.

Un aniversario como este merece nuestro reconocimiento. Quizás, no exista mejor manera de honrarles que indagar en sus escritos. Esta es una magnífica ocasión para leer el Quijote. Y, en el caso de Shakespeare, de asistir a las representaciones de sus obras e, incluso, volver a ver las numerosas películas que se han hecho sobre las mismas. El Macbeth de Orson Welles es magnífico, así como el Hamlet de Franco Zeffirelli, entre otras muchas. También podemos interesarnos por conocer más y mejor al libro que dio estructura mental a sus obras, La Biblia. ¿Qué tendrá La Biblia que ha conformado el pensamiento de los dos genios de la literatura universal? Finalmente, creo que el mayor desafío que nos proporciona la obra de Shakespeare y Cervantes es el de retarnos a desarrollar una actitud bíblica ante la vida. Que la enseñanza de las Escrituras pueda empapar concienzudamente nuestros anhelos y acciones y que, incluso, fluya con naturalidad en nuestros pensamientos y acciones. No nos podemos conformar con menos que esto.

 

José Moreno Berrocal.

 

Nota: Artículo publicado en el nº 273 de Edificación Cristiana, marzo-abril 2016, págs. 31-33.

 

   

 

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